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Chapter 5: El cerco se cierra

Lucía interviene en la cena de negocios para sabotear la venta de la hacienda, usando información del libro negro para sembrar dudas sobre la legalidad de los terrenos de los Larios. Tras recuperar los documentos de tierras de Celina, descubre que Mara dejó una pista que vincula al Padre Agustín con la red de extorsión. La confrontación final en la oficina de Don Esteban deja a Lucía encerrada, con la prueba de que Mara sigue viva pero sin margen de maniobra antes del amanecer.

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El cerco se cierra

La noche en la hacienda Beltrán no traía sosiego, sino una urgencia metálica. Renato, con las manos temblorosas, dejó una servilleta sobre la copa de cristal de Lucía. Bajo la tela, una hoja doblada en cuatro: la sentencia de muerte del patrimonio familiar.

—Celina cambió al comprador —susurró él, apenas moviendo los labios—. Viene con papeles firmados y un notario de la capital. Quieren la firma antes del amanecer. Si la hacienda se vende, la cuenta de Mara será imposible de rastrear.

Lucía no tocó el papel. En el comedor, la mesa estaba montada con una elegancia que resultaba obscena; las velas proyectaban sombras largas sobre el rostro de Don Esteban Larios, quien observaba la escena con la calma de un depredador que ya ha cerrado la salida de la madriguera. Celina, al otro extremo, sonreía con una rigidez que delataba el miedo.

—Mi sobrina, siempre tan silenciosa —dijo Celina, su voz cortante como un bisturí—. Seguro está calculando cuánto le tocará del pastel.

Lucía sintió el peso del libro negro contra su muslo, una presencia que le recordaba el costo de cada verdad. No podía permitir que la venta se formalizara. Con un movimiento calculado, dejó caer su copa. El estruendo del cristal rompiéndose contra el suelo de piedra obligó a todos a callar.

—Perdón —dijo Lucía, sin apartar la vista del comprador—. Es solo que me pregunto cómo Don Esteban planea cubrir el vacío legal de la finca Santa Lucía. Según el libro de registros de 1994, esa tierra fue embargada mediante una firma falsificada por el Padre Agustín. Si el notario descubre que el título de propiedad es una estafa eclesiástica, la venta será nula en menos de una hora.

El comprador palideció. Don Esteban se puso en pie, su silla arrastrándose contra el suelo como un grito. La tensión en la sala se volvió física; la sospecha había sembrado la duda necesaria para detener el reloj, pero el precio era inmediato: Lucía acababa de marcarse como una traidora a los ojos de su propia sangre.

Sin esperar respuesta, se retiró hacia la galería. Renato la seguía, su respiración agitada.

—¡Estás loca! —siseó él—. Nos van a matar antes de que salga el sol.

—Necesito los documentos de tierras de Celina —replicó ella, ignorando el miedo—. Es la única forma de acceder a la cuenta bancaria de Mara antes de que Larios borre todo.

Se deslizaron hacia el dormitorio de Celina mientras la discusión en el comedor subía de tono. Lucía forzó la caja fuerte oculta tras el espejo rajado. Sus dedos, sucios de polvo, encontraron el sobre. Al abrirlo, una nota manuscrita de Mara cayó al suelo: “Si lees esto, el banco ya es cómplice. El Padre Agustín no solo bendice las deudas, las crea”.

El descubrimiento fue un golpe seco. Celina no solo vendía la casa; estaba liquidando la evidencia de un crimen. Antes de que Lucía pudiera salir, la puerta del dormitorio se abrió con violencia. Celina entró, con los ojos inyectados en ira, seguida por la sombra de Don Esteban.

—Se acabó el juego, Lucía —dijo Celina, bloqueando la salida—. No vas a arruinar años de orden por una desaparecida que ya nadie recuerda.

Lucía apretó el sobre y el libro contra su pecho. En la oficina de Don Esteban, al fondo del pasillo, la impresora seguía escupiendo los contratos finales. El amanecer estaba a minutos de distancia. Lucía comprendió entonces la trampa: si no entregaba el libro ahora mismo, Larios tomaría la casa por la fuerza. Pero si lo hacía, Mara sería borrada para siempre del expediente legal.

Se movió hacia la oficina, con el corazón golpeándole las costillas. Al entrar, vio sobre el escritorio la prueba definitiva: un extracto bancario que confirmaba que Mara seguía viva, escondida en un circuito financiero que Larios no podía controlar sin la firma de un Beltrán. Pero al tomar el documento, el peso de su propia vulnerabilidad la golpeó: ya no había vuelta atrás. La puerta se cerró tras ella, y el cerrojo giró. Estaba atrapada con el hombre que había silenciado a su prima, con el libro en las manos y la certeza de que, al amanecer, no solo perdería la hacienda, sino también su última oportunidad de salir con vida.

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