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Chapter 4: Deudas de sangre y papel

Lucía descifra el libro negro y descubre la implicación del Padre Agustín en la red de extorsión. Renato, un antiguo aliado de Mara, aparece con llaves prestadas por Celina y revela que el acceso a la cuenta bancaria de Mara requiere los documentos de tierras de Celina. La presión aumenta cuando los hombres de los Larios llegan a la casa y Celina advierte que la hacienda será vendida antes del amanecer.

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Deudas de sangre y papel

Las campanas del santuario no marcaban el tiempo; lo devoraban. Siete días. Ese era el plazo que le quedaba a Lucía antes de que el juez firmara la declaración de ausencia y el patrimonio Beltrán se desvaneciera, dejando a Mara como un espectro sin voz y a ella como una intrusa en su propia casa.

Lucía dejó el libro negro sobre la mesa de pino. Pesaba, no por el papel, sino por la podredumbre que contenía. La cubierta, manchada de una humedad que parecía sangre seca, le quemaba las yemas de los dedos. Al abrirlo, el polvo de archivo —ese velo que los Larios usaban para nublar la verdad— se le pegó a la piel. No eran cuentas, eran confesiones de obediencia.

Pasó las páginas con el pulso acelerado. “Fav.”, “sil.”, “firma”, “aval”. Cada entrada era un eslabón de una cadena que ataba al pueblo entero a la voluntad de Don Esteban. Un juez local, un comisario, un notario; todos figuraban allí, no como funcionarios, sino como empleados de una red de extorsión. Lucía trazó una línea invisible entre los nombres. La contabilidad no registraba dinero, registraba el precio de la complicidad.

Entonces, el nombre saltó a la vista, subrayado con una furia contenida: Padre Agustín Rueda.

El aire en la cocina se volvió irrespirable. Agustín no era un observador, era un engranaje. Aparecía como “intermediario” en la compra de tierras municipales que, tras su bendición, desaparecían de los registros. La iglesia no estaba al margen; era el santuario donde se lavaban las deudas de sangre. Lucía recordó la voz del sacerdote hablándole de prudencia. Ahora entendía: no era un consejo, era una advertencia de que el pueblo se cerraría como una trampa si ella seguía escarbando.

Pasó la hoja y el corazón le dio un vuelco. Ahí estaba Mara. Un número de cuenta interna, una referencia bancaria y una advertencia sobre firmas falsificadas que coincidía con la nota del misal. El banco no era un observador neutral; era la caja fuerte de los Larios. Si Mara había dejado ese rastro, no era para esconder dinero, sino para señalar quién, desde dentro, había movido la llave de su desaparición.

Un roce en la ventana la obligó a congelarse. No era el viento. Alguien estaba afuera, en la hondonada. Lucía apagó la bombilla, dejando que la penumbra ambarina de la calle se filtrara por las cortinas. Se acercó a la reja y miró hacia el camino. Huellas frescas en la grava. Alguien la vigilaba.

El golpe en la puerta fue seco, humano.

—Vengo solo. Traje pan y las llaves que me prestó Celina —dijo una voz conocida. Renato. El hombre que, según Mara, era su única salida.

Lucía abrió apenas lo suficiente para verlo. Renato sostenía un manojo de llaves que brillaban bajo la luz de la luna. Su rostro, tenso y sudoroso, traicionaba un miedo que no era fingido.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, con la mano oculta tras la puerta, cerca del libro.

—Celina me envió. Dijo que no convenía dejarla sola —respondió él, entrando sin esperar invitación. Sus ojos se clavaron en el libro abierto sobre la mesa. La piel se le puso gris—. La cuenta de Mara no se abre con un nombre, Lucía. Se abre con documentos de tierras. Papeles de Celina. Sin eso, el sistema la mantendrá afuera para siempre.

El precio era la humillación total. Para acceder a la verdad, debía traicionar a su propia tía, la única que aún le daba un techo. Renato se acercó, bajando la voz hasta convertirla en un siseo:

—Vi a Agustín hablar con Esteban en la sacristía. Mara dejó algo que no pueden sacar sin ensuciarse más. Si ella abría la boca, se abría todo.

Un motor rugió en el camino. Las luces de un vehículo se detuvieron frente a la cerca, cegando la ventana. Eran los Larios. Renato palideció, su mano temblaba mientras intentaba ocultar una marca de cinta en su muñeca, una señal de que había sido forzado a servir de mensajero.

El teléfono de Celina, olvidado sobre la repisa, comenzó a vibrar. El nombre de su tía parpadeaba en la pantalla como una sentencia.

—Lucía, escucha bien —dijo Celina al contestar, su voz cortada por la urgencia—. Voy a mover la hacienda antes de que amanezca. Si no haces algo esta noche, la venderán con la misma limpieza con la que borraron a Mara.

Lucía miró el libro negro. El nombre de Agustín brillaba como una blasfemia. Quemarlo era sobrevivir a la noche; conservarlo era la única forma de hundirlos a todos. La puerta tembló bajo un golpe más fuerte. La red se cerraba, y el santuario, el banco y su propia sangre eran los barrotes de su celda.

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