El muro que sangra secretos
Lucía regresó a la biblioteca con las manos aún ásperas por el polvo de cal y el pecho comprimido por la mirada de los hombres de los Larios. La cifra no le daba tregua: siete días. No doce. Siete.
El empleado del banco se lo había soltado con una cortesía gélida, como quien entrega una sentencia de muerte. Siete días para que el juez firmara la declaración de ausencia; siete días para que el patrimonio Beltrán se disolviera en las manos que llevaban años esperando el momento. Cada paso que daba sobre las baldosas de la hacienda parecía acelerar el tic-tac de un reloj invisible.
La biblioteca estaba en penumbra. Las rejas coloniales cortaban la luz de la tarde en franjas afiladas sobre el suelo. Lucía dejó el saco de yute con sus herramientas improvisadas sobre la mesa: dos cinceles, un martillo y una espátula robada. No había heroísmo en ese equipo, solo la desesperación de quien intenta abrir una caja fuerte con un alfiler.
Se arrodilló frente al tramo de pared que había marcado horas antes. El yeso sonaba hueco. Allí, tras la pintura descascarada, se ocultaba la herida que Mara había dejado para ella.
El primer golpe del martillo resonó como un disparo en el silencio espeso de la casa. Lucía se detuvo, conteniendo el aliento, esperando que alguien irrumpiera. Pero la hacienda era un organismo que fingía no escuchar. Golpeó de nuevo, con más fuerza. El ladrillo cedió con un crujido seco y un polvo gris le raspó la garganta. Al tercer impacto, la pared se rindió.
Dentro del hueco, envuelto en tela encerada y atado con una cuerda húmeda, yacía el libro negro. Al tocarlo, Lucía sintió un escalofrío: el cuero estaba ajado, con las esquinas hundidas por el tiempo. No era un diario; era un mapa de favores, extorsiones y deudas de sangre. Al abrirlo, los nombres y las cifras le saltaron a la vista: un comerciante arrodillado, una maestra de misa, un peón de los Larios. Y el sello del banco, omnipresente, confirmando que la institución no era un observador, sino un cómplice.
Una anotación al margen, escrita con tinta azul, la detuvo en seco: “para abrir, exigir soporte de la casa”. Los documentos de tierras de Celina. El banco no solo quería el patrimonio; quería que ella misma traicionara a su familia para obtener la llave de la cuenta de Mara.
Un crujido en el corredor la obligó a cerrar el libro de golpe. Voces. Don Esteban y Celina, acercándose.
—No quiero más retrasos —la voz de Don Esteban era una orden que no admitía réplica.
Lucía se agazapó tras el escritorio, apretando el libro contra su pecho. El espacio se volvió claustrofóbico.
—El juez recibió la notificación —continuó el patriarca—. Siete días bastan.
—Lucía no va a entregar los documentos —replicó Celina, con un hilo de voz que delataba más miedo que lealtad.
—Lucía no decide sola. Y deja de preocuparte por Mara. Ya está donde debía estar desde el principio.
El corazón de Lucía dio un vuelco. La naturalidad con la que Don Esteban hablaba de la desaparición de su prima le confirmó lo que temía: no fue un accidente, fue un borrado sistemático.
—¿Estás segura de que no habló? —preguntó Celina.
—Habló demasiado tarde.
Lucía sintió que la sangre se le helaba. La complicidad de su tía era un hecho, una red de la que no podía escapar sin quemar su propio nombre. Don Esteban se detuvo justo al otro lado de la pared. Lucía podía escuchar su respiración, el roce de su ropa.
—Lo que se escondió aquí, se deja aquí —sentenció él.
Lucía miró el libro. En la última página, antes de cerrarlo, un nombre había capturado su atención: Padre Agustín. La red no terminaba en la hacienda; tocaba el altar.
Don Esteban estaba a un paso de descubrirla. Si salía, sería el fin. Si se quedaba, estaba atrapada con la prueba que podía salvarla o destruirla. El enemigo respiraba al otro lado del muro, y ella, por primera vez, entendió que el santuario era la cárcel más grande de todas.