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Chapter 7: El convento de los silencios

Lucía se infiltra en el convento de Santa Brígida y rescata a Mara, descubriendo que el lugar es el centro de operaciones de Agustín y los Larios. Mara revela que ella misma orquestó las pistas para forzar a Lucía a actuar, pero la urgencia se dispara: faltan solo 48 horas para la audiencia final.

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El convento de los silencios

Quedaban siete días para la firma de ausencia cuando Lucía cruzó la reja lateral del convento de Santa Brígida. El hábito prestado le pesaba como una mortaja; el libro negro, oculto bajo el escapulario, le golpeaba las costillas con cada paso, un recordatorio constante de que su invisibilidad se había agotado. Si la registraban, no solo perdería el disfraz, sino la única prueba capaz de detener el despojo.

La portera la aguardaba tras una puerta de hierro oxidado, flanqueada por veladoras que apenas iluminaban la miseria del lugar. En este pueblo, la devoción era un negocio de doble entrada: la fe para los fieles, el silencio para los Larios.

—No alce la vista —ordenó la mujer, clavándole los dedos en el hombro—. Y si alguien pregunta, usted no conoce a nadie.

Lucía obedeció, no por miedo, sino por cálculo. El convento olía a jabón barato y a encierro. Mientras caminaba por el corredor, sus ojos escanearon el entorno: el registro de visitas sobre una mesa de madera. Allí, con letra firme, aparecía el nombre: Mara Echeverri. Debajo, una nota casi invisible: “Tercera puerta, cuando oigas la campana corta”.

El corazón le dio un vuelco. Mara no solo estaba viva; estaba dirigiendo el rescate desde el centro de la red. La portera cerró el libro de golpe, ocultando la evidencia.

—Ese registro es del convento —sentenció.

Lucía se tragó la réplica. El nombre del padre Agustín, el carcelero de facto y falsificador de firmas, flotaba en el aire. Si mencionaba a Mara, la sacarían a rastras. Si callaba, ganaba un minuto. Avanzó hacia el corredor interior, donde la luz lechosa de la tarde se filtraba por los jazmines, creando sombras que ocultaban el rastro de la corrupción.

La campana sonó una vez, seca, metálica. Lucía llegó a la tercera puerta y el olor la golpeó: alcohol, cera y el hedor metálico de la desesperación. Mara estaba sentada en el suelo, la espalda rígida, el rostro marcado por la privación. Al ver a Lucía, sus ojos, antes apagados, se encendieron con una urgencia eléctrica.

—Tercera puerta —susurró Mara.

—Estoy aquí —respondió Lucía, arrodillándose—. Vamos a sacarte.

Mara negó con la cabeza, un movimiento mínimo pero cargado de advertencia.

—No es tan fácil. No estoy presa por castigo, Lucía. Me guardan por los papeles. Por las firmas falsas que Agustín maneja en el banco. Si abres esa cuenta, expones a los Larios, pero ellos saben que vendrás. Don Esteban dijo que si tú tocas ese dinero, todo se desmorona.

La revelación cerró el círculo: el convento no era un refugio, era el archivo donde se custodiaba el despojo. La caridad era la fachada del crimen.

Un crujido de madera anunció la llegada de Agustín. El sacerdote entró con la calma de quien posee el terreno y la ley. Su sotana impecable era una burla a la miseria de la celda.

—Qué inoportuno, señorita Beltrán —dijo Agustín, con una cortesía que helaba la sangre—. La devoción del pueblo sostiene muchas cosas que usted prefiere ignorar. Abrigamos a mujeres heridas, cuidamos archivos, evitamos escándalos.

—Eso es secuestro —escupió Lucía, poniéndose en pie frente a Mara.

—Es administración —corrigió él. Dos novicias aparecieron en el pasillo, bloqueando la salida. La trampa era perfecta.

Lucía sintió el libro negro contra su costado. Comprendió que la salida no era una huida, sino un incendio. Tiró un tintero sobre las baldosas, provocando un caos de tinta negra que distrajo a las novicias. En ese segundo de confusión, arrastró a Mara hacia el corredor de servicio. Corrieron por la despensa, entre sacos de harina y velas, hasta alcanzar el huerto trasero.

Al llegar a la alambrada, dos hombres de los Larios bloqueaban el paso. La red no terminaba en los muros; el pueblo entero era la celda.

Mara se detuvo, apoyada en el hombro de Lucía. Su voz, antes quebrada, sonó ahora con una frialdad estratégica.

—Yo moví las piezas, Lucía. Quería que vieras el convento. Quería que entendieras quién sostiene a quién.

Lucía la miró, atónita. Mara no era la víctima pasiva que ella creía rescatar; era la arquitecta de su propia liberación. Pero el alivio duró poco.

—Hay algo peor —añadió Mara, mirando hacia el pueblo—. Faltan cuarenta y ocho horas para la audiencia final. Si salimos, nos cazarán antes de que lleguemos al banco.

Lucía comprendió entonces el precio: rescatar a Mara implicaba sacrificar su propia libertad. El reloj legal no se detendría, y el convento era solo el principio de una caída que apenas comenzaba.

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