El archivo de la discordia
El despacho de Julián Varela, en el piso cuarenta de la Torre Varela, era una jaula de cristal diseñada para intimidar. Sobre la mesa de caoba, un documento de arrendamiento descansaba como una sentencia. La firma al pie de la página era inconfundible: Elena Valdés, fechada hace apenas seis meses. Julián recorrió el trazo con la yema de los dedos, sintiendo el frío de la traición que se reconfiguraba en su memoria. Ella no había huido al extranjero tras el colapso de su familia; había estado aquí, a pocos kilómetros de su imperio, viviendo bajo un no
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