La primera prueba de fuego
El aire en la suite del hotel era una mezcla de perfume caro y la estática de un desastre inminente. Elena se observó en el espejo de cuerpo completo: el vestido de seda esmeralda no era solo una prenda, era una armadura que le quedaba demasiado grande. Faltaban cuarenta y ocho horas para que las excavadoras redujeran su taller a escombros, y el anillo de diamantes en su mano izquierda —un préstamo temporal de Julián Varela— pesaba como un grillete.
La puerta se abrió con un golpe seco. Julián irrumpió sin llamar, impecable en su traje a medida, con esa expresión de mando que solía reservar para los consejos de administración. Sus ojos escanearon a Elena, no como a una mujer, sino como a un activo que acaba
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