El contrato de los susurros
La cinta métrica de sastre, una serpiente de tela gastada y amarillenta, pesaba en el bolsillo de su abrigo como un recordatorio de que Elena Valdés aún existía fuera de las paredes de cristal del St. Regis. Aquí, el aire olía a rosas blancas y a una riqueza tan densa que parecía desplazar el oxígeno. Sobre la mesa de caoba, el contrato de préstamo —su única posibilidad de evitar que las excavadoras redujeran su taller a escombros en cuarenta y ocho horas— reposaba como un veredicto.
Julián Varela no la miraba. Observaba el reloj de pared con una precisión quirúrgica, contando los segundos de un tiempo que
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