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Chapter 2: Desayuno sobre mármol frío

Lucía se enfrenta a su primer desayuno en el penthouse, donde Mateo pone a prueba su capacidad para suplantar a Valeria. Tras una confrontación con un socio agresivo, Mateo la protege públicamente, revelando que su matrimonio es una alianza de supervivencia mutua ante una cláusula contractual que amenaza el imperio Salvatierra.

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Desayuno sobre mármol frío

El primer ruido del día no fue un saludo, sino el tintineo seco de la plata contra el mármol, una nota discordante en el silencio aséptico del penthouse. Lucía despertó en la suite principal, un espacio de lujo tan vasto y despersonalizado que se sentía como una jaula de cristal suspendida sobre la ciudad. Eran las 7:12. Ni siquiera en la ruina de su antigua vida había sentido una soledad tan opresiva como la que dictaban estas paredes de diseño.

Al bajar al comedor, encontró a Mateo Salvatierra ya instalado en el extremo opuesto de la mesa. Estaba impecable, con una camisa gris que no mostraba ni una arruga, absorto en una tableta con cifras que, intuía Lucía, determinarían el destino de su familia. No levantó la vista al verla llegar; simplemente señaló la silla vacía.

—Siéntate —ordenó. No era una invitación, sino la jerarquía marcando su lugar.

Lucía obedeció, manteniendo la espalda recta, consciente de que cada movimiento era observado. El desayuno era una coreografía de hostilidad: el café, el pan tostado, la fruta cortada con precisión quirúrgica. Mateo no buscaba compañía; buscaba confirmar que su activo estaba operativo.

—He revisado los informes de los Soria —dijo él, rompiendo el silencio sin dejar de mirar su pantalla—. ¿Qué opinas de la reestructuración de la división logística en el norte?

La pregunta era una trampa. Lucía sintió el peso de la mentira en su garganta, pero recordó la mirada de su padre antes de que la deuda los asfixiara. No podía fallar.

—Es una apuesta arriesgada —respondió ella, con una calma que le costó un esfuerzo sobrehumano—. Demasiado capital inmovilizado en activos que no generan flujo rápido. Si los Soria quieren sobrevivir a este trimestre, deberían liquidar la filial antes de que el mercado note la inestabilidad.

Mateo dejó la tableta sobre la mesa. Por primera vez, sus ojos se encontraron con los de ella. No había calidez, solo una evaluación clínica que, extrañamente, aceleró el pulso de Lucía.

—Interesante —murmuró él—. La heredera fugitiva suele ser menos analítica.

Antes de que Lucía pudiera responder, la paz tensa se rompió. Un socio de los Salvatierra entró en el comedor sin ser anunciado, con la arrogancia de quien posee el edificio. Lucía reconoció el tipo: hombres que se alimentaban de la debilidad ajena. El socio la observó con una sonrisa depredadora.

—Así que esta es la novia —dijo, acercándose al borde de la mesa—. Valeria siempre tuvo una forma peculiar de sostener la mirada. Tú, en cambio, pareces estar calculando el precio de tu propia piel.

El aire en la habitación se volvió irrespirable. Lucía se mantuvo firme, pero sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Entonces, Mateo se puso de pie. No fue un movimiento brusco, sino una demostración de poder absoluto. Se colocó detrás de Lucía, apoyando una mano sobre su hombro con una posesividad que no admitía réplicas.

—Mi esposa está bajo mi protección, no bajo tu escrutinio —dijo Mateo, con una voz que heló la habitación—. Cualquier duda sobre su identidad es una duda sobre mi gestión. Y te sugiero que no vuelvas a cuestionar mis activos en mi propia casa.

El socio se retiró, visiblemente intimidado por el tono de Mateo. Cuando quedaron solos, el silencio regresó, pero la dinámica había cambiado. Mateo dejó caer un legajo de documentos sobre la mesa, una invitación a la verdad que Lucía no pudo ignorar. Al pasar las páginas, su mano se detuvo en una cláusula oculta: si la novia desaparecía, el control del imperio Salvatierra se desmoronaba. El riesgo no era solo suyo; era compartido.

—¿Por qué me necesitas tanto? —preguntó ella, desafiante.

Mateo la miró con una intensidad que reveló, por primera vez, una vulnerabilidad oculta tras su armadura de hierro. Pero no hubo tiempo para respuestas. Los gritos en el vestíbulo y el destello de los flashes a través de los cristales anunciaron que la prensa había burlado la seguridad. El escándalo estaba en la puerta.

—No hables —ordenó Mateo, rodeándola con un brazo firme, obligándola a levantarse. La condujo hacia el balcón, donde los fotógrafos esperaban como una jauría. La tomó de la cintura con una firmeza que no dejaba lugar a dudas: era su esposa, su posesión, su escudo. Mientras los flashes iluminaban la habitación, Lucía comprendió que su libertad había terminado y que su vida ahora pertenecía a la imagen que Mateo proyectaba al mundo. Al observar el contrato una vez más, el horror la golpeó: si la verdad salía a la luz, ambos caerían, pero Mateo, por primera vez, parecía temer que ella fuera la única capaz de salvarlo.

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