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Chapter 3: La cláusula de la discordia

Lucía descubre la cláusula que vincula la permanencia de la novia al control del imperio Salvatierra. Durante una cena benéfica, Mateo la defiende públicamente de una exsocia, consolidando una alianza de supervivencia. El capítulo termina con Don Hernán confirmando que conoce la verdadera identidad de Lucía, atrapándola en un juego de vida o muerte.

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La cláusula de la discordia

El despacho de Mateo Salvatierra no era una oficina; era un búnker de nogal y vidrio esmerilado donde el aire siempre se sentía un grado más frío que en el resto del penthouse. Lucía entró cuando las voces en el pasillo se alejaron, dejando tras de sí un silencio que pesaba como una sentencia.

Tenía diez minutos antes de que la estilista regresara para la cena benéfica. Diez minutos para entender por qué su vida ahora dependía de una firma que no le pertenecía.

El escritorio estaba impecable, una línea de poder marcada por una lámpara de mármol y dos carpetas negras. La primera era el contrato de matrimonio; la segunda, sin título, estaba etiquetada como “Control patrimonial / Contingencia”. Lucía la abrió. No encontró promesas de amor, sino una arquitectura de amenaza. Una frase, subrayada en rojo, le robó el aliento: “Si la novia desaparece, se activa revisión extraordinaria del control accionario”.

El contrato no era un capricho. Era el seguro de vida del imperio. Mateo no la necesitaba solo para la prensa; la necesitaba para que los Salvatierra no devoraran su legado. Valeria Soria no era solo una heredera fugitiva; era el activo que, de confirmarse su huida por coacción, invalidaría el fideicomiso de Mateo.

—No toques eso.

La voz de Mateo, baja y cortante, la hizo girar. Él estaba en el umbral, la corbata aflojada, con esa quietud depredadora que no calmaba nada. Lucía cerró la carpeta, pero no retrocedió.

—Buscaba el apartado de prensa —mintió ella, con la voz firme—. Pero encontré la verdadera razón por la que me elegiste.

Mateo dio un paso al frente. El despacho se estrechó. No había sorpresa en su rostro, solo una vigilancia renovada.

—La prensa no es tu problema, Lucía. Tu problema es mantenerte en pie cuando el mundo empiece a buscar a la verdadera Valeria.

—Entonces tal vez debería preguntarme qué es lo que realmente temes que encuentren.

Mateo no respondió. Ese silencio fue más brutal que cualquier grito. Lucía entendió, con una punzada helada, que la cláusula no era un arma contra ella; era una soga que los ahorcaba a ambos. Antes de que él pudiera acorralarla con preguntas, el sonido de tacones en el mármol del pasillo y el murmullo de la prensa filtrándose por la puerta anunciaron la crisis. Mateo le indicó la pared lateral, junto a la biblioteca. Un gesto preciso, protector, que la obligó a esconder los documentos tras un panel oculto antes de que la puerta se abriera.

*

El salón de baile del hotel era un despliegue de cristal y cuchillas. Lucía bajó del auto sintiendo el peso del collar de diamantes que Mateo le había puesto en el vestidor; una joya que pesaba más por su significado que por su valor.

—Valeria —murmuró él, presentándola ante los flashes.

Lucía sonrió. Era una máscara perfecta. Pero la paz duró poco. La señora Roldán, una exsocia con la crueldad bien peinada, se acercó con una sonrisa afilada.

—Pensé que Valeria tendría mejor entrenamiento —dijo Roldán, lo bastante alto para que los periodistas escucharan—. Aunque, claro, últimamente ha estado tan errática.

Lucía sintió el impulso de retroceder, pero se obligó a mantenerse firme.

—Debe ser agotador confundir costumbre con autoridad, señora Roldán —respondió Lucía, con una calma gélida—. A algunos les pasa cuando han vivido demasiado tiempo cerca del poder.

El murmullo de los reporteros fue inmediato. Roldán, visiblemente irritada, intentó replicar, pero Mateo intervino con una lentitud letal.

—Si ha venido a hablar de mi prometida, le sugiero que elija palabras que no la dejen fuera de la lista de donantes —dijo Mateo, manteniendo la mirada fija en la mujer—. Y recuerde: la ausencia de Valeria no la hace dueña del relato. Solo la vuelve sospechosa.

La mujer retrocedió, derrotada. Mateo no miró a Lucía, pero la tomó del codo y la guio hacia la terraza, alejándola de las cámaras. El contacto fue breve, pero dejó un rastro de calor que Lucía no pudo ignorar.

—No tenías que exponerte así —dijo ella, con la respiración apretada.

—Sí tenía —respondió él, sin mirarla—. Si tú caes, el imperio cae conmigo.

Antes de que ella pudiera procesar la confesión, Don Hernán se acercó con una carpeta. Mateo la leyó y su expresión cambió: no era sorpresa, sino el reconocimiento de un desastre inminente. Cuando regresó, le entregó el documento. Lucía leyó la cláusula de nuevo. Si ella fallaba, él perdía todo.

Don Hernán se inclinó hacia ella, rozando su oído con un aliento gélido.

—Sé que no eres Valeria. Pero mientras me sirvas, seguirás viva.

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