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Chapter 1: El precio de la huida

Lucía Aranda, acorralada por la ruina financiera de su padre tras huir de su propia boda, es reclutada por Don Hernán Salvatierra para suplantar a Valeria, la heredera fugitiva de la familia. Tras ser trasladada al gélido penthouse de Mateo Salvatierra, Lucía firma un contrato matrimonial que la convierte en un activo de la empresa. El capítulo cierra con Mateo exhibiéndola ante la prensa como su esposa, estableciendo el inicio de su encierro contractual.

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El precio de la huida

El cristal del espejo en la suite del hotel no estaba roto, pero el reflejo de Lucía Aranda me devolvía la imagen de alguien que se estaba resquebrajando. Apenas unas horas antes, había dejado un ramo de peonías blancas sobre el altar de la catedral, abandonando a un novio cuyo nombre apenas recordaba y un futuro que me provocaba náuseas. Ahora, el silencio de la habitación era un martillo golpeando mis sienes.

La puerta se abrió sin previo aviso. No fue la seguridad del hotel, sino Don Hernán Salvatierra. Su traje impecable parecía absorber la poca luz que entraba por el ventanal. Su presencia no era la de un invitado, sino la de un acreedor que venía a cobrar una deuda que mi familia había contraído en las sombras de los negocios inmobiliarios.

—El escándalo ya recorre las redes sociales, Lucía —dijo él, sin molestarse en saludar. Su voz era una navaja envuelta en seda—. Abandonar a un novio es un capricho; abandonar a un Salvatierra es una sentencia de muerte financiera para tu padre.

Me giré, erguida, apretando los dedos contra la encimera de mármol del baño hasta que mis nudillos se tornaron blancos. No iba a suplicar, aunque el pánico me quemara la garganta. Mi padre había apostado el patrimonio familiar en una estafa que los Salvatierra habían orquestado, y yo era la única moneda de cambio que quedaba en la mesa.

—¿Qué quiere? —pregunté, manteniendo la voz firme.

Don Hernán caminó hasta el centro de la habitación, inspeccionando mi maleta abierta como si evaluara una mercancía dañada.

—Valeria, mi sobrina, ha huido. Tú tienes su altura, su tono de voz y, sobre todo, la desesperación necesaria para aceptar lo inaceptable. Mateo no busca una esposa que lo ame, busca una pieza de ajedrez que no se mueva mientras él consolida el imperio. Si firmas, tu deuda desaparece. Si te niegas, tu familia pierde hasta el apellido.

El sobre grueso que deslizó sobre la mesa de cristal contenía un contrato de matrimonio diseñado para convertir a la novia en un activo bajo custodia. Tenía hasta el amanecer.

*

Lucía supo que había dejado de ser una invitada en el segundo en que la puerta del ascensor del penthouse se abrió. El mayordomo no me miró a los ojos; simplemente tomó mi maleta con una precisión que catalogaba mi existencia fuera de mi voluntad.

El penthouse era una declaración de poder: cristal, metal y líneas blancas. Sin cuadros, sin colores, sin una sola curva que suavizara el filo de los muebles. En el comedor, una mesa inmensa esperaba el desayuno como un tribunal. Apoyé una mano en el respaldo de una silla y la retiré al instante. El cuero estaba helado.

—El señor Mateo pidió su presencia en el comedor. Ahora —anunció la asistente.

Mateo Salvatierra apareció en el marco de la puerta. Traje oscuro, rostro tallado para no ofrecer ninguna ventaja. Cuando me miró, sentí una incomodidad nueva: la certeza de que él no veía a una mujer, sino un problema que alguien había dejado sobre su mesa.

—Siéntese, señorita Soria —ordenó.

Me senté, no por sumisión, sino por estrategia. Había aprendido que en las guerras elegantes quien se mueve primero suele perder.

—Su padre dejó una deuda imposible —dijo Mateo, con una calma que daba ganas de romper algo—. Usted es lo único que evita que el problema toque a los Salvatierra por la vía equivocada.

—¿Dónde está Valeria? —pregunté.

Mateo tocó la carpeta frente a él, con un control tan férreo que parecía doloroso.

—No haga preguntas que la comprometan más.

El aviso tenía filo. Afuera, el murmullo de la prensa rodeando el edificio crecía. Mateo abrió la carpeta y deslizó el contrato sobre el cristal.

—Si firmas, tu deuda desaparece. Si te niegas, tu familia pierde hasta el apellido.

Presioné la pluma contra la hoja. El trazo de mi firma fue firme, una marca de propiedad que sellaba mi destino. Al terminar, Mateo me tomó de la muñeca con una fuerza que no admitía réplica. Me puso en pie y me guio hacia el balcón, donde las cámaras de los periodistas empezaban a escalar.

—Ahora —susurró cerca de mi oído, su mano ajustándose con firmeza en mi cintura para mostrar al mundo que su esposa estaba bajo su control absoluto—, sonríe. El contrato ha comenzado.

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