Cuando el dios de la guerra se queda en casa
El aire en la sala de subastas del Banco Nacional ya no olía a ambición desesperada, sino a desinfectante y derrota. Alejandro permanecía de pie en el centro del estrado, con la mirada fija en el martillo de madera que sostenía el subastador, un hombre cuyas manos temblaban al sostener el pliego de condiciones del fideicomiso familiar.
—Por la presente, y tras la verificación de los activos recuperados y la anulación de la orden de demolición —anunció el funcionario, evitando el contacto visual con los inversores derrotados que susurraban en las filas traseras—, la propiedad legal del complejo es restituida al fideicomiso del señor Alejandro.
El silencio que siguió fue absoluto, un vacío que pesaba más que cualquier grito. A pocos metros, los testaferros que aún intentaban bloquear la transferencia final se encogieron en sus asientos. Alejandro no necesitó alzar la voz; bastó con colocar el libro mayor completo sobre el escritorio de caoba. Al abrirlo, las páginas marcadas con los desvíos de fondos y las firmas cruzadas de funcionarios de alto rango quedaron expuestas. Ya no eran solo los crímenes de Salazar; era la evidencia de una red de poder
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