El pasillo que huele a dinero y pánico
Alejandro avanzaba por el corredor del hospital privado como si pisara terreno minado. El mármol blanco reflejaba las luces LED empotradas, el aire olía a desinfectante importado y a ese miedo metálico que solo se respira donde la muerte se negocia en cifras con ceros. Llevaba la misma chaqueta de cuero que olía todavía a selva y cordita vieja. La cicatriz que le cruzaba el cuello desde la clavícula hasta la mandíbula era una línea irregular que nadie aquí reconocería como medalla.
A quince metros de la puerta de cuidados intensivos los vio: Carlos y Diego. Trajes italianos, relojes que costaban más que la casa donde creció, posturas de quienes nunca han tenido que demostrar nada.
Carlos lo vio primero. La sonrisa se le torció.
—Mira quién llegó —dijo en voz alta, para que las enfermeras y el administrativo del mostrador giraran la cabeza—. El desertor que se fue cuando el negocio se hundía y ahora viene a oler la herencia.
Diego soltó una risa seca.
—¿Qué traes, primo? ¿La medalla de héroe para pagar las cuentas? Porque la tía ya no te nombra ni en el testamento.
Alejandro no aceleró ni frenó el paso. Solo siguió caminando, el cuerpo en esa quietud que los soldados aprenden cuando saben que el primer movimiento equivocado cuesta todo.
—Vine a verla —dijo, voz baja—. Apártense.
Carlos se plantó en medio del pasillo, brazos cruzados, reloj brillando.
—No pasas. Firmamos los papeles para el protocolo experimental. Doce millones en efectivo o transferencia antes de mañana al mediodía. Tú no tienes ni para el estacionamiento.
Las dos enfermeras se miraron. La más joven dio un paso atr
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