Chapter 11
Camila sintió el metal frío de la llave inglesa pegado a las costillas mientras corría hacia el cuarto de servicios. El grifo de la pileta soltó un último estertor seco y enmudeció. Solo quedó el eco hueco del golpe que ella misma había dado en la tubería principal. La linterna del celular temblaba; el haz amarillo recorrió las paredes manchadas de humedad, los tarros de pintura reseca, la válvula maestra. Allí estaba el corte: limpio, brutal, hecho con sierra. No era un desperfecto. Era la firma de Segundo.
Se arrodilló. El cemento le raspó las rodillas a través de los jeans sucios. Metió los dedos en la junta rota, palpando óxido y bordes irregulares. Imposible repararlo con lo que tenía. Imposible antes de las diez. Afuera, el cielo ya no era negro profundo; un gris sucio se filtraba por las rendijas de la ventana enrejada. El ronroneo grave de un motor diésel grande se acercaba, acompañado del pitido inverso de una retroexcavadora maniobrando en la calle angosta.
Se levantó demasiado rápido. La pared sostuvo su peso. Las manos, negras de grasa, dejaron huellas al rozarla. Regresó al patio arrastrando los pasos, el pecho apretado por la certeza de que el tiempo se les escapaba entre los dedos.
Un claxon corto rompió el silencio. Doña Rosa irrumpió por la puerta trasera, flanqueada por don Lucho con su caja de herramientas y la señora Marta todavía con el delantal de la panadería. Detrás venía Daniel, el periodista de La Voz, teléfono en mano.
—Llegamos —dijo Doña Rosa, dejando tres termos abollados sobre la mesa del patio. El aroma del café, aunque frío, cortó el aire cargado de óxido y miedo—. No es mucho, pero es lo que hay.
Nadie se sentó. Se agruparon alrededor de la mesa como soldados improvisados. Camila sacó el cuaderno de hule negro de debajo de la chaqueta y lo colocó en el centro, aún envuelto en el trapo de cocina.
—Elena lo dejó claro aquí —dijo, la voz baja pero sin temblar—. Los 8.450.000 pesos fueron a un fideicomiso a nombre de la casa. Devolución del desvío del nodo de agua en 2018. Nombres, fechas, cuentas. Todo.
Daniel abrió los ojos. Hojeó las páginas con dedos cuidadosos.
—Puedo publicar la nota esencial antes de las nueve y media. Web y redes. Pero necesito que el bufete Arrieta confirme por teléfono que tienen el original.
Doña Rosa asintió con fuerza.
—Ya hablé con la abogada. Están listos para declarar cuando llegue el inspector.
Camila sintió un alivio breve, casi doloroso. No era salvación, pero sí gente dispuesta a quedarse. Entregó el cuaderno envuelto a Doña Rosa justo cuando el suelo vibró con la llegada del camión pesado.
La retroexcavadora amarilla apareció primero, flanqueada por la camioneta de Segundo y dos pick-ups llenas de obreros con cascos. La luz gris del amanecer se enredaba en las rejas. Camila se plantó junto a la puerta de hierro, brazos cruzados. Detrás, Doña Rosa murmuraba una oración mientras apretaba el celular. Daniel ajustó el trípode improvisado y empezó a transmitir en vivo.
Segundo bajó sin p
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