Chapter 12
El motor de la retroexcavadora rugió otra vez, un estruendo que vibró en los huesos de Camila antes de llegar a sus oídos. Siete minutos exactos desde que Segundo se había ido con la mandíbula apretada y la amenaza entre dientes. La máquina amarilla, orugas cubiertas de barro seco, esperaba a cuatro metros de la reja principal, faros clavados como ojos que no se cierran.
Doña Rosa fue la primera en actuar. Apoyó el bastón contra el hierro y se plantó en medio del camino, menuda pero clavada al suelo como si la tierra misma la anclara. Detrás de ella, don Lucho volteó una mesa pesada de madera; Marta y Daniel apilaron sillas, cajones vacíos y el viejo barril que Elena usaba para recoger agua de lluvia. Nadie hablaba. Solo se oía el jadeo y el ronroneo grave que subía de revoluciones.
Camila se puso al lado de la anciana. Sus manos temblaban, no de frío sino de la certeza de lo que venía. Extendió los brazos hacia la máquina, gesto inútil y terco. El operador, un muchacho con casco naranja y cara de quien preferiría estar en cualquier otro lado, bajó la ventanilla apenas un dedo.
—Señora, apártense. Tengo orden de avanzar.
Doña Rosa levantó la barbilla. Su voz cortó el aire sin elevarse.
—Juan Carlos. Te conozco desde que traías el pan de tu mamá en bicicleta. ¿Vas a pasarme por encima?
El muchacho parpadeó. El motor bajó revoluciones un segundo. El patio contuvo el aliento. Luego miró hacia la calle oscura, donde alguien lo esperaba con billetes o con miedo, y aceleró de nuevo. La retroexcavadora avanzó un metro. El cucharón rozó la reja y el metal crujió.
Doña Rosa no retrocedió ni un centímetro.
—¡Elena! —gritó, seco, sin adorno, como quien llama a quien acaba de salir de la habitación.
El operador dudó. La máquina se detuvo con un estertor. Solo un instante. El brazo hidráulico volvió a alzarse y golpeó. La reja se dobló con un chillido agudo. Marta dio un salto. El hueco ya era suficiente para que la máquina entrara si empujaba una vez más.
Camila sintió el amanecer frío metiéndosele entre las costillas. El agua seguía cortada; no había podido reparar la tubería con las herramientas que tenía y el tiempo que no tenía. Pero Marta había traído una olla grande y don Lucho un anafe de leña. El olor del café colado se mezclaba con el humo de la madera y el aceite quemado de la maquinaria, un recordatorio terco de que la casa todavía respiraba.
Su celular vibró. Contestó sin mirar la pantalla.
—Registrado desde 2018 —dijo el abogado Arrieta, voz serena pero urgente—. Fideicomiso irrevocable a nombre de la Asociación Protectora del Patrimonio Casa de Té El Refugio. Incluye el nodo de agua. Copia certificada ya en juzgado y municipio. Grábenlo todo.
Camila tragó saliva.
—¿Llega a tiempo?
—Tienen que aguantar físicamente hasta que lean el oficio. Si entran por la fuerza antes, es allanamiento.
Cortó. Doña Rosa estaba a su lado, el cuaderno de hule negro envuelto en una servilleta de lino como si protegiera un secreto vivo. Marta mantenía el celular en alto; el contador de la transmisión saltaba: 318… 492…
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