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Chapter 10: Chapter 10

Camila, acorralada tras la irrupción de los hombres de Segundo, esconde el cuaderno de Elena y confronta directamente a su primo en el patio. Segundo revela la declaración de emergencia sanitaria para las 10 a.m., corta el agua y presiona por la cesión voluntaria amenazando con demolición inmediata. Camila descubre en el cuaderno la verdadera intención de Elena: el dinero de 8.450.000 pesos era una devolución en fideicomiso para proteger la casa y denunciar el desvío del nodo de agua. Doña Rosa llega con vecinos y prensa como refuerzo, pero Segundo contraataca con más vehículos de obra, escalando la amenaza física y el plazo. El capítulo estrecha el conflicto hacia la confrontación final.

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Chapter 10

Camila apretó la espalda contra la pared húmeda del pasillo de servicio, el corazón latiéndole tan fuerte que temía que los pasos lo oyeran. El cuaderno de hule negro le quemaba contra el pecho, escondido bajo la blusa. Afuera, las botas ya no corrían: avanzaban con la calma de quien sabe que el tiempo juega a su favor.

—Camila, no seas tonta —dijo la voz grave desde la puerta trasera—. El juez firmó la orden de registro a las tres de la mañana. Emergencia sanitaria. Abre o la tiramos abajo.

La palabra «juez» le revolvió el estómago. Segundo había movido piezas mientras ella creía haber ganado unas horas con la prensa. El aire olía a jazmín podrido y a miedo viejo. Respiró por la boca, contó hasta tres y se movió.

Conocía la casa como se conoce el propio pulso. Empujó la estantería móvil de la despensa —el truco de Elena para las inundaciones— y deslizó el cuaderno en el hueco bajo la tabla suelta. Lo cubrió con polvo de años y volvió a colocar todo en su sitio. No era el ledger desaparecido, pero era suficiente para hundirlos si caía en manos equivocadas.

Un golpe seco hizo temblar la madera. La puerta cedió. Dos pares de botas entraron en la cocina. Camila ya bajaba la estrecha escalera de caracol, pisando solo los bordes que no crujían. Salió al patio lateral por la puertecita que las antiguas empleadas usaban para evitar el salón principal.

Y allí, bajo la buganvilia marchita, estaba Segundo.

Abrigo gris impecable, manos en los bolsillos, como si hubiera venido a tomar té y no a enterrar una vida entera. La farola le partía la cara: mitad el primo que le enseñó a montar en bicicleta, mitad el hombre que había vendido el agua de la cuadra.

—Siempre fuiste la terca de la familia —dijo en voz baja, casi afectuosa—. Elena también. Por eso murió sola, defendiendo un caserón que nadie quería.

Camila se detuvo a cuatro pasos. El frío de la madrugada le mordía los brazos, pero levantó la barbilla.

—No murió sola. Murió protegiendo lo que tú querías robar.

Segundo sonrió sin alegría.

—El ayuntamiento declara la emergencia a las diez. Inspector, peritos, todo. Si firmas la cesión voluntaria ahora, te dejan poner una placa con el nombre «Casa

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