Chapter 9
El segundero del reloj de pared en el mostrador de la casa de té marcaba las 04:42 con una precisión de verdugo. Camila no apartó la vista del capataz, un hombre de cuello grueso que sudaba bajo la luz mortecina de las linternas. En sus manos, el cuaderno de hule negro de Elena pesaba como un arma cargada.
—El ayuntamiento no tiene jurisdicción sobre un nodo de agua privado sin una orden judicial vigente —dijo Camila, su voz cortando el aire estancado del patio—. Y esta copia que traen, firmada por mi primo, es un conflicto de intereses, no una ley.
El capataz dio un paso al frente, con los nudillos blancos de tanto apretar su radio. Los dos guardias de seguridad privada a sus espaldas bloquearon la salida, siluetas recortadas contra la negrura de la calle. A través de las rejas, los vecinos observaban en silencio, con los teléfonos en alto, grabando cada segundo de la humillación programada.
—Señorita, no me haga perder el tiempo con papeles viejos —gruñó el capataz, acercándose hasta que el vaho de su aliento alcanzó a Camila—. Segundo pagó por este terreno. Si no sale por las buenas, los muchachos la van a sacar. El reloj no se detiene.
Camila abrió el cuaderno en la página donde Elena había detallado los 8.450.000 pesos. No era solo una cifra; era la prueba del soborno que Segundo había intentado enterrar bajo toneladas de escombros. En ese instante, el sonido de un motor pesado rompió la tensión del patio. Una camioneta de noticias se detuvo frente a las rejas, sus focos iluminando la fachada con una luz blanca y cegadora que dejó a los guardias expuestos. Ya no eran operarios anónimos; eran hombres bajo el escrutinio de una lente pública.
Camila se acercó a la perio
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