Chapter 8
La lluvia no caía; se desplomaba sobre el tejado de la casa de té con la cadencia de un martillo hidráulico. Camila, con los dedos entumecidos por el frío y la adrenalina, mantenía el cerrojo de la puerta principal echado. Del otro lado, el eco de los golpes metálicos contra la madera vieja resonaba como una sentencia. Eran los hombres de Segundo, y sus voces, filtrándose a través de las rendijas, no pedían permiso; exigían el desalojo inmediato.
—¡Abran de una vez, Camila! Tenemos la orden de demolición de emergencia por riesgo estructural. Si no salen ahora, el derrumbe los encontrará dentro —bramó una voz gruesa que reconoció como la del capataz de la constructora municipal.
Camila retrocedió, sintiendo el peso del cuaderno de hule negro contra su pecho. A su lado, Doña Rosa, con el chal envuelto apretadamente, temblaba pero no se apartaba. Un vecino joven sostenía una viga de madera contra la puerta, intentando reforzar la barricada improvisada. La casa, que durante décadas había sido un refugio de calma, ahora crujía bajo el asedio.
—No tienen derecho —respondió Camila, su voz firme a pesar de la sacudida de su pulso—. He enviado las pruebas del nodo de agua a la prensa. Saben perfectamente que esto es una farsa para ocultar el soborno de Segundo.
El silencio que siguió fue breve, cargado de una tensión que hacía vibrar las tazas de cerámica en la vitrina. Camila no esperó a que la madera cediera. Hizo una seña a Doña Rosa, quien sostenía una linterna con mano temblorosa, y ambas se deslizaron hacia el rincón sombrío detrás del altar familiar. Apartaron un tapiz deshilachado que ocultaba la pequeña puerta de servicio. El aire en el pasadizo era denso, impregnado de polvo y el aroma a té viejo que parecía haber impregnado los cimientos de la casa.
Al cruzar, Camila encendió su linterna. S
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