Chapter 7
La lluvia no caía; golpeaba el zinc del techo con la cadencia de una sentencia judicial. Camila se aferraba al marco de la puerta principal, sintiendo cómo el frío de la noche se filtraba por las grietas que Segundo había dejado pudrir durante años. Afuera, en el patio, el motor de una excavadora rugía, un sonido mecánico que devoraba el silencio del barrio.
Dos hombres con cascos amarillos forcejeaban con la valla metálica. No eran inspectores; eran ejecutores. Camila apretó el cuaderno de hule negro contra su pecho, el único objeto que le quedaba de Elena y la única prueba de que el suelo bajo sus pies no era solo tierra, sino un nodo estratégico de agua que Segundo quería enterrar bajo escombros.
—¡Tienen diez minutos para retirarse! —gritó Camila. Su voz, aunque firme, apenas cortaba el estruendo.
El capataz, un hombre de cuello grueso, se acercó con una linterna que cegaba.
—Señorita, tenemos una orden de demolición de emergencia por riesgo estructural. Su primo ya firmó el acta. Si no se aparta, la policía la sacará por obstrucción.
La traición de Segundo ya no era una sospecha familiar, era un sello oficial en un documento de muerte. Camila sintió un vacío gélido. Antes de que el hombre pudiera avanzar, una figura pequeña se interpuso: Doña Rosa, con su impermeable amarillo, se plantó frente a la maquinaria. Detrás, o
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