Chapter 4
El sol apenas despegaba del horizonte, tiñendo de un tono cobrizo las grietas en los muros del patio central, cuando el estruendo metálico de la reja principal sacudió el aire. Camila, que no había dormido, seguía con el mapa de los canales de agua extendido sobre la mesa de madera curada. El papel, amarillento y quebradizo, vibraba con cada golpe seco que alguien propinaba al hierro oxidado. Al abrir la reja, encontró a Segundo acompañado por dos hombres de trajes grises y rostros de piedra. Detrás de ellos, Doña Rosa observaba desde la esquina con un cántaro vacío, el rostro marcado por una ansiedad que superaba la urgencia de su té matutino.
—Tienes hasta las diez —dijo Segundo, sin entrar, manteniendo la mano apoyada sobre una carpeta de cuero que, Camila lo sabía, contenía el documento para su falsificación—. El inspector no es paciente, prima. Si no entregas las llaves ahora, el remate será mañana y la casa será historia. El barrio no te perdonará que los dejes sin suministro por un capricho sentimental.
Camila sintió un frío eléctrico, pero no se apartó. Doña Rosa dio un paso al frente, ignorando a los hombres, y dejó su cántaro sobre la mesa del patio con un golpe seco. —Esta casa es el corazón de nuestras mañanas, Segundo —dijo la mujer, su voz firme como la piedra—. Si el agua deja de fluir, no solo cierras una puerta. Nos condenas a todos. Camila, no firmes nada. La ley no siempre tiene la razón cuando la sed aprieta.
Segundo lanzó una mirada de desprecio hacia el cántaro, pero retrocedió un paso ante la presencia de la vecina. Camila comprendió entonces que la batalla
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