A Crack in the Warmth
El sol de la mañana no trajo alivio, sino una claridad implacable sobre el desastre. Camila despertó sobre la colchoneta en el patio, con el cuerpo entumecido por la humedad que subía desde las baldosas. El aire olía a moho y a jazmín olvidado. Apenas se puso en pie, el sonido de un motor pesado en la calle le recordó que el tiempo no se detendría por su cansancio.
Se obligó a una rutina de supervivencia. Barrió las hojas secas que cubrían el patio, movió la mesa de madera carcomida hacia el centro y dispuso las pocas tazas rescatadas. Cada movimiento era un intento de reclamar el espacio, de convertir el abandono en un refugio funcional. Al arrastrar una maceta de barro junto al muro medianero, el fondo se desmoronó. Entre los restos de tierra y raíces, sus dedos rozaron un papel rígido. Era un recibo bancario, amarillento, con una cifra escrita a mano: 8.450.000. El banco ni siquiera existía ya. Lo guardó en el bolsillo de su delantal justo cuando un golpe seco en la puerta principal anunció la visita.
Era el inspector municipal. No entró, se quedó en el umbral, revisando una carpeta con una frialdad burocrática que le heló la sangre
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