The Place of Refuge
La lluvia azotaba la lámina del techo como si quisiera arrancarla. Camila empujó la puerta hinchada del patio central con el hombro, la maleta rota golpeándole la pierna. El agua se coló por el cuello de la camisa y bajó en hilo frío hasta la cintura. Treinta y siete horas sin dormir de verdad. El vuelo desde Bogotá había sido un nudo de turbulencias y llanto tragado; el autobús hasta este rincón olvidado de la ciudad, un castigo más largo. Y ahora la herencia: la vieja casa de té convertida en ruina mojada.
—Camila, ¿eres tú, mija? —La voz ronca llegó desde el fondo del patio.
Don Rafael emergió bajo el alero que todavía aguantaba. Impermeable amarillo barato, botas embarradas, un sobre de manila arrugado en la mano.
—No pensé que vendría nadie —dijo ella, voz gastada.
—Alguien tenía que venir. La notaría no espera. —Le tendió el sobre—. Tu tía firmó hace tres semanas, antes de que el corazón se le parara del todo. La casa, el local, las deudas, lo poco que queda de clientela… todo tuyo ahora. Pero está muy mal, Camila. Demasiado mal para quererlo sin pelear.
El papel se ablandó entre sus dedos mojados. Había venido solo a cerrar, a firmar y regresar a Bogotá antes de que la culpa la alcanzara otra vez. Pero el patio le devolvió el olor a tierra mojada y hojas de té añejas que conocía desde niña. La fuente rota gorgoteaba apenas. Macetas volcadas. Baldosas levantadas por raíces.
Don Rafael la miró un segundo más, como si quisiera decir algo de Elena, pero solo negó con la cabeza y se fue bajo la lluvia.
Camila soltó la maleta. El cansancio le aplastaba los huesos, pero las manos se movieron solas. Encontró una escoba vieja contra la pared y barrió un círculo alrededor de la mesa de hierro oxidado. Movimientos cortos, precisos. El polvo se levantó y se pegó a su sudor. Despejó el espacio justo para que no pareciera abandono total.
En la cocina angosta la estufa de leña prendió al tercer fósforo. Al fondo del armario, una lata oxidada de té negro. Las hojas olían a tiempo y humedad, pero no a podrido. Midió con los dedos —la misma medida que le había visto a la tía mil veces— y vertió el agua hirviendo. El vapor subió caliente, familiar. Cerró los ojos un instante y respiró.
El portón crujió. Una mujer mayor entró apoyada en un bastón de palo liso. Rebozo azul desteñido, trenza apretada. Doña Rosa, la de las cinco en punto cuando la casa de té aún vivía.
—Buenas tardes, mija —dijo como si el tiempo no hubiera pasado—. ¿Ya está el té?
Camila abrió la boca para decir que no, que no había
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