Chapter 9
El hormigón del callejón trasero de Mott Street estaba húmedo, una humedad que no venía de la lluvia, sino de la condensación de los conductos de ventilación de los restaurantes. Mateo se presionó contra el ladrillo frío, con el aliento contenido. En su bolsillo, el papel arrancado del libro mayor —la única prueba de que la purga de Don Rafael no era una necesidad financiera, sino un despojo sistemático— se sentía como una brasa encendida.
Eran las 10:30. El ultimátum del mediodía no era una metáfora; era el momento en que el consorcio de prestamistas cerraría los libros y cualquier deuda no saldada sería ejecutada mediante la confiscación de propiedades. Rafael lo sabía. Mateo también.
Una sombra se proyectó sobre el pavimento. Mateo se tensó, con la mano buscando el borde afilado de una lata de basura. Héctor apareció al final del callejón, hablando por teléfono. Su voz, antes cálida y fraternal, ahora sonaba metálica, despojada de cualquier rastro de lealtad.
—Está en el sector norte, cerca de los muelles. Si no aparece antes de las once, cierren el acceso —dijo Héctor. No había duda: el hombre que le enseñó a Mateo cómo navegar las redes de remesas sin dejar rastro ahora lo estaba cazando.
Mateo esperó a que Héctor se alejara. La traición dolía, pero el dolor era un lujo que no podía permitirse. La red no se estaba rompiendo; estaba siendo purgada, y él era el chivo expiatorio perfecto. Si entregaba la página, J.M. estaría
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