Chapter 10
El zumbido del servidor en la biblioteca no era un sonido, era una cuenta regresiva. Mateo sentía el calor del equipo filtrándose a través de la mesa, un contraste gélido con el sudor que le bajaba por la nuca. Sus dedos, entumecidos, ejecutaron el último comando. La pantalla parpadeó: Envío finalizado. La evidencia de la purga financiera de Don Rafael —la arquitectura de una estafa que había desmantelado familias enteras bajo el disfraz de la protección comunitaria— estaba ahora en manos de la redacción de un diario nacional.
—Se acabó, Mateo. Sal de ahí con las manos donde pueda verlas.
La voz de Héctor, cargada de una familiaridad que ahora se sentía como una traición personal, resonó desde el umbral. Mateo no se giró. Vio en el reflejo del monitor cómo Don Rafael entraba en la sala. El hombre no gritaba; su presencia era una presión atmosférica que volvía el aire denso, irrespirable.
—Has cometido un error de cálculo —dijo Rafael, deteniéndose a un metro—. Crees que esa información te protege. Crees que el mundo exterior se preocupa por los números de un barrio que ni siquiera sabe pronunciar sus nombres. Has roto el espejo, muchacho, pero no te has dado cuenta de que ahora todos tendremos que caminar sobre los cristales.
Rafael hizo un gesto imperceptible a Héctor. El enforcer se adelantó, pero Mateo se puso en pie, bloqueando la pantalla con su cuerpo.
—El archivo ya no es mío, Rafael. Ya está en las bandejas de entrada correctas. Si me tocas, el resto de los documentos, los que vinculan tus cuentas con el blanqueo de los muelles, se publicarán automáticamente en una hora.
Rafael se detuvo. Sus ojos, oscuros y astutos, analizaron a Mateo. No había miedo en ellos, solo una frialdad calculadora.
—Vete —dijo finalmente, con una voz que era una sentencia—. Vete mientras aún puedas caminar por estas calles. Pero
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