Chapter 7
El aire en la oficina trasera de la sastrería no era solo rancio; era el olor de una tumba abierta. Mateo tenía las muñecas marcadas por el plástico de las bridas, la espalda contra una pared donde los mapas de la red —esos hilos invisibles que mantenían a flote a medio Chinatown— habían sido arrancados. Solo quedaban los restos de cinta adhesiva y el yeso descascarado, cicatrices de un sistema que ya no existía. Afuera, el rumor del barrio no era el de siempre; era un zumbido hostil, una marea de voces que pronunciaban su nombre con el veneno de quien ha perdido su única red de seguridad.
Don Rafael entró sin llamar. Dejó caer el libro mayor sobre el roble con un golpe seco que resonó como un disparo. El lomo estaba astillado, las páginas rebosantes de tinta roja: la hoja de ruta de la purga que Mateo había intentado detener.
—Tu primo tiene talento para esconderse, pero tú tienes el don de la estupidez —dijo Rafael, encendiendo un cigarrillo. El humo azul se enroscó entre ellos—. Filtraste los registros. Pensaste que exponiéndolos a la policía nos salvarías, pero solo lograste que el barrio nos vea como a traidores. ¿Sabes qué pasa cuando se rompe el único paraguas que mantiene seca a una comunidad en la tormenta? Se ahogan. Y lo primero que hacen es buscar a alguien a quien culpar.
Rafael presionó un botón en una grabadora de cinta. El crujido estático dio paso a voces familiares: doña Elena, el carnicero, el dueño de la tintorería. Todos suplicaban por la protección que la red ya no podía garantizar. Luego
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