Chapter 4
El aire en el pasillo de la unidad de cuidados intensivos del Hospital Olmedo no era simplemente frío; era una mezcla asfixiante de desinfectante industrial, lirios marchitos y el pánico metálico de quienes saben que el dinero ya no puede comprar más tiempo. Mateo Valverde caminaba con paso firme, evitando el contacto visual con los dos guardias de seguridad privada que custodiaban la entrada principal. Sus uniformes negros y sus miradas de sabuesos no estaban allí para proteger la vida de Don Ernesto, sino para asegurar que el nieto repudiado no interfiriera en la transición de poder.
Mateo dobló la esquina, sus ojos fijos en la puerta doble de la habitación 402. La enfermera jefe, una mujer de mediana edad con la piel estirada por la cirugía estética y ojos que delataban una ansiedad nerviosa, salía de la estancia sosteniendo una bandeja con ampollas vacías. Al ver a Mateo, sus dedos se tensaron sobre el metal.
—El acceso está restringido, señor Valverde —dijo ella, bloqueándole el paso con una frialdad ensayada—. Rafael ha dejado instrucciones claras. Nadie entra.
Mateo no se detuvo. Redujo la distancia hasta invadir su espacio personal, obligándola a retroceder contra la pared revestida de mármol. El olor a pánico de la mujer era más fuerte que el del hospital.
—Sé lo que hay en esa bandeja
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