Chapter 6
El edificio gimió. No fue el crujido familiar de la madera vieja, sino el alarido del acero cediendo bajo la mandíbula de la excavadora. Mateo salió de la bóveda con los hombros cubiertos de un polvo gris, una mortaja de yeso que le pesaba más que el cansancio. El aire en los pasillos de la sastrería era una mezcla asfixiante de cemento pulverizado y el olor acre de cables eléctricos fundidos.
Su teléfono vibró contra el muslo. Un mensaje del Enforcer, directo como un disparo: «Firma el traspaso o tu tía pagará el error por ti. Ella sabe dónde está el resto del registro. El edificio no esperará a que decidas».
Mateo apretó el dispositivo hasta que sus nudillos perdieron el color. La filtración automática del registro de beneficiarios estaba programada, pero el Enforcer había cambiado las reglas: ya no era una partida de ajedrez legal, sino una ejecución. Elena no era una arquitecta del sistema; era el eslabón de contención, la mujer que había guardado el silencio mientras la familia se desmoronaba. Corrió hacia el área de trabajo. La máquina de coser industrial, reliquia de décadas de secretos, estaba volcada, con el cabezal destrozado. Sobre la mesa, entre retazos de tela que alguna vez camuflaron envíos de contrabando, encontró una nota escrita con el pulso tembloroso de Elena: «No firmes. Ya perdí suficiente».
Un estruendo cercano hizo que el techo trasero se desplomara. Mateo se arrojó al suelo, protegiéndose la cabeza mientras el polvo ocultaba la salida. El mensaje de Elena no era una súplica; era una despedida. El Enforcer ya la tenía.
Se ocultó en el callejón trasero, un corredor húmedo donde el eco de la demolición resonaba como truenos. Su teléfono volvió a vibrar, esta vez una vid
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