Chapter 5
El segundero del reloj de pared en la sucursal bancaria avanzaba con una cadencia que a Mateo le sonaba a martillo sobre un clavo. 15:42. Menos de dos horas para el atardecer, el límite autoimpuesto por el Enforcer para la demolición del bloque. El aire dentro del banco, filtrado y estéril, contrastaba con el olor a hollín y humedad que Mateo aún conservaba en la ropa, una marca indeleble de la sastrería familiar.
El mostrador estaba vacío. Cuando Mateo intentó acceder a su cuenta, la pantalla del terminal se tiñó de un rojo agresivo: Acceso denegado. Estado: Litigio activo. El Enforcer no solo lo vigilaba; lo había borrado del sistema legal para forzarlo a negociar en el terreno de la sombra.
Mateo no golpeó el mostrador. En su lugar, sus dedos buscaron la llave de bronce de Mr. Chen en el bolsillo de su chaqueta. Los dientes de la llave no seguían la lógica de una cerradura bancaria moderna, sino la de las antiguas rutas de contrabando que su padre había trazado décadas atrás. Se deslizó hacia el pasillo de servicio, ignorando las cámaras. Sabía que las venas del barrio no estaban en los planos oficiales, sino en los espacios muertos entre las paredes.
Tras un panel metálico falso, encontró la compuerta. Al girar la llave, el mecanismo cedió con un chasquido que resonó en el silencio absoluto de la bóveda
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