Cárcel de cristal
El aire se vuelve plomo
El aire dentro del sistema de ventilación de Spectra-Live sabía a ozono quemado y polvo de concreto viejo. Elena se arrastró por el ducto estrecho, con el relicario de plata presionando dolorosamente contra su esternón, un recordatorio físico de que su salvación y su condena eran la misma pieza de metal. A sus espaldas, el estruendo de los paneles magnéticos sellando el estudio principal resonaba como disparos de artillería. Cada golpe metálico le quitaba un centímetro de espacio vital.
Al llegar a la compuerta de salida del nivel tres, sus dedos, cortados y sucios de hollín, buscaron el pestillo. El sistema de seguridad no solo había bloqueado las puertas; estaba purificando el aire. Un siseo agudo comenzó a llenar el ducto: gas retardante. Elena tosió, sintiendo cómo sus pulmones se contraían. Su teléfono, que conservaba la copia corrupta de la evidencia contra Julián, vibró contra su muslo. Tenía 138:00:00 restantes antes de que el borrado fuera total, pero el estudio se estaba convirtiendo en una tumba de acero.
—Maldita sea, Julián —susurró, con la voz rasposa por el gas.
Intentó insertar la reliquia en la ranura de seguridad de la compuerta. El sistema, diseñado para reconocer firmas biométricas, parpadeó con una luz roja intermitente. La compuerta se negó a ceder. Elena recordó la inscripción que había descifrado en el capítulo anterior: La sangre abre la puerta, el miedo la sella. Presionó el borde afilado del relicario contra su palma hasta que un hilo de sangre carmesí tiñó la plata. La cerradura emitió un chasquido electrónico. La compuerta se deslizó apenas unos centímetros antes d
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