El precio de la verdad
La lluvia de la ciudad no limpiaba nada; solo arrastraba la mugre de los callejones hacia las rejillas del alcantarillado, un recordatorio constante de que la evidencia, al igual que la justicia, moría rápido en este lugar. Julián Varga se agazapó tras un contenedor metálico en el muelle de carga del Hospital Central. El costado le ardía, una marca punzante donde el roce de una bala le había recordado, apenas una hora antes, que el sistema ya no quería respuestas, sino un chivo expiatorio. En su teléfono, el contador de la purga digital marcaba 69:45 horas. No era una cuenta atrás para la salvación, sino para el borrado total de su existencia profesional y de la verdad sobre Mateo Larraín.
El muelle estaba desierto, excepto por un camión de suministros con el motor encendido. Cuando el conductor bajó, Julián no esperó. Se lanzó hacia la cabina, el corazón golpeándole las costillas con una fuerza que le nublaba la vista. Encontró una chaqueta gris con el logotipo del hospital y una gorra de limpieza. Al ponérselas, el olor a detergente barato se mezcló con el de su propia sangre, una náusea que le recordaba que ya no era un investigador, sino un fantasma infiltrado en su propia pesadilla.
Se deslizó por los pasillos de servicio hasta la morgue, el único lugar donde Elena Rivas podía reunirse con él sin que las cámaras de seguridad, ya en modo de purga, registraran su rostro. Ella lo esperaba junto a una gaveta, con la mirada fija en el reloj de pared. No hubo saludos. Elena tenía el rostro desencajado, la máscara de jefa de residentes destrozada por el terror.
—Tienes menos de diez minutos antes de que el protocolo de incendio bloquee los niveles inferiores —dijo ella, su voz un hilo de acero—. Sabes que no soy una víctima, Julián. Fui el brazo ejecutor. Si esto sale a la luz, mi vida profesional termina, pero si me quedo aquí, seré la siguiente en la lista de la directora.
Julián la sujetó del brazo, obligándola a mirarlo. —No me importa tu carrera. Me importa el expediente de Larraín. ¿Por qué la directora ordenó el protocolo experimental?
—No fue solo por dinero —susurró ella, temblando—. Fue para cubrir un error de diagnóstico que involucraba a la familia de Valcárcel. Administré la sustancia letal personalmente bajo sus órdenes directas. —Elena le entregó un sobre con las coordenadas del servidor de respaldo—. Si el incendio comienza, el sistema se autodestruirá. Tienes que llegar antes de que el fuego alcance el archivo de suministros.
Julián se apartó de ella, sintiendo el peso del sobre como una sentencia. El aire en el ala de suministros ya estaba cargado de un olor a ozono y plástico quemado. Las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido eléctrico, un siseo que competía con el rugido sordo del fuego que ya devoraba los registros físicos. El hospital estaba incinerando su propia historia. El sistema de rociadores había sido desactivado; aquello no era un accidente, era una purga deliberada.
Julián avanzó, agachado, esquivando columnas de humo negro que se filtraban por debajo de las puertas. El calor era tan intenso que el sudor le escocía los ojos, nublando su visión, pero su objetivo estaba claro: la puerta reforzada del archivo. Al llegar, introdujo la tarjeta maestra que Elena le había entregado. El lector emitió un pitido agudo, un sonido que resonó en el pasillo como un disparo. La cerradura electromagnética cedió con un chasquido metálico.
Al cruzar el umbral, el calor lo golpeó como una bofetada. Las llamas ya lamían las estanterías de papel. Julián se precipitó hacia el servidor blindado en el centro de la sala, justo cuando el sistema detectó su acceso no autorizado. Una pantalla holográfica se encendió sobre la consola, proyectando una luz azul fría sobre el caos de fuego que lo rodeaba. Alerta de Intrusión. Secuencia de autodestrucción iniciada. Tiempo restante: 10:00 minutos.