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Chapter 7: La traición del sistema

Julián escapa de una redada policial tras ser incriminado por el hospital. Descubre que el sobre entregado por Elena contiene coordenadas críticas para acceder al servidor de respaldo, forzándolo a infiltrarse en el archivo de suministros mientras el protocolo de purga inicia un incendio deliberado.

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La traición del sistema

El zumbido del disco duro externo era un siseo metálico, un recordatorio agónico de que la muerte de Mateo Larraín ahora vivía en el bolsillo de Julián. En la pantalla de su portátil, la barra de progreso se negaba a avanzar más allá del 82%. El sistema del hospital, una bestia digital con garras de acero, estaba reescribiendo los logs de acceso en tiempo real. 70 horas y 28 minutos para el borrado total de la evidencia. Julián sentía el peso del dispositivo contra su muslo como una brasa encendida.

Fuera, la lluvia de la ciudad golpeaba el cristal de «El Refugio» con una violencia que borraba cualquier rastro humano en las calles, pero no las luces. Un destello azul y rojo atravesó las cortinas desgastadas, bañando el apartamento en un ritmo hipnótico y letal. La policía no venía a investigar; venían a cerrar el caso. En los monitores de noticias locales, su rostro aparecía bajo un titular que no dejaba lugar a dudas: «Buscan a ex-empleado del Hospital Central por el homicidio de un paciente crítico».

—Maldita sea —gruñó, sus dedos temblando sobre el teclado. Elena Rivas lo había vendido. La jefa de residentes no solo era la ejecutora del protocolo experimental; era el pararrayos que el sistema estaba usando para descargar toda la culpa sobre él. La traición golpeó a Julián con más fuerza que la amenaza de la cárcel. El estruendo de la puerta principal, astillándose bajo el impacto de un ariete, fue la señal final. El apartamento, su único reducto de seguridad, se convirtió en una trampa de yeso y polvo. Sin mirar atrás, se lanzó hacia la escalera de incendios, con el aire helado de la noche filtrándose a través de su chaqueta húmeda.

Sus dedos, entumecidos, apretaban el dispositivo contra su pecho. Al saltar al callejón, el asfalto resbaladizo intentó traicionarlo, pero Julián se obligó a correr. La lluvia lavaba la sangre de sus nudillos, pero no podía lavar la realidad: el sistema hospitalario ya había reescrito su historia. Al llegar a la avenida principal, una pantalla publicitaria de gran formato capturó su atención. Su rostro, captado por una cámara de seguridad de alta resolución, parpadeaba bajo el titular: Buscan a presunto homicida vinculado a la muerte de Mateo Larraín. El golpe emocional fue más doloroso que el frío. No solo lo buscaban; lo habían deshumanizado. En la pantalla, un portavoz oficial del hospital declaraba que el «intruso» había intentado sabotear los registros para ocultar su propia negligencia. Julián comprendió entonces la magnitud de la purga: el hospital había comprado a la prensa local y, con ello, su derecho a la verdad.

Se ocultó en la penumbra de una iglesia abandonada en la periferia, donde el silencio era interrumpido solo por el goteo constante del techo de zinc. Sus manos, manchadas de grasa y la tinta de un informe que se desintegraba, temblaban al sostener el dispositivo. La pantalla de su terminal portátil parpadeó: 69:45 horas para la purga total. El sobre vacío que Elena le había entregado en el café no estaba vacío por error. Al trasluz de una vela, Julián notó una marca de presión en el papel: unas coordenadas y un código de acceso de nivel administrativo que solo un jefe de residentes poseía. No era una tregua, era una sentencia: la ubicación del servidor de respaldo en el archivo de suministros del hospital. Elena lo estaba lanzando al centro del incendio, apostando a que él llegaría antes de que los protocolos de seguridad incineraran cada registro físico. Julián se puso en pie, el dolor punzante en su costado recordándole que el tiempo de la diplomacia había expirado. El hospital se alzaba al final de la avenida como una fortaleza de cristal y miedo. Al poner un pie en la entrada del archivo de suministros, el olor a ozono y papel quemado lo recibió. Las llamas, iniciadas por el protocolo de purga, ya comenzaban a devorar los estantes de expedientes, sellando su destino en una carrera contra el fuego.

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