El video que no debió existir
La lluvia en esta ciudad no lava los pecados; los entierra bajo una capa de asfalto húmedo y desidia. Julián Varga corría por el callejón trasero de la calle Bolívar, con el pulso martilleando contra sus sienes al ritmo de los disparos distantes de un motor que no dejaba de seguirlo. El sedán negro había dejado de ser una sospecha para convertirse en un depredador. Faltaban 70 horas y 40 minutos para que la 'Auditoría Externa Secreta' borrara a Mateo Larraín de la historia, y Julián sentía el peso del dispositivo de almacenamiento en su bolsillo como una condena a muerte.
Al llegar a la entrada de 'El Refugio', el sótano de El Ruso, Julián se detuvo un segundo para recuperar el aliento. El aire sabía a ozono y a alcantarilla. Entró sin llamar, encontrando a su contacto rodeado de monitores que parpadeaban con una luz azulada, casi espectral.
—Si me has traído problemas, Varga, te juro que te saco a patadas —gruñó El Ruso sin girarse.
Julián lanzó el dispositivo sobre la mesa metálica. El Ruso lo tomó, pero al ver el sello de seguridad, su rostro perdió el color.
—Esto es cifrado militar de grado superior, Julián. Es la firma de Valcárcel. Si intento saltar este firewall, el sistema rastreará mi nodo en diez minutos. Es un suicidio.
—El paciente del folio 402 era el hermano del director —soltó Julián, acercándose hasta invadir el espacio personal del hacker—. Si esto desaparece, ellos ganan. Si lo abres, tenemos la única bala que puede atravesar el blindaje de Valcárcel. ¿Cuánto quieres?
El Ruso miró la pantalla, donde una alerta roja empezaba a latir con una cadencia hipnótica. Julián puso sobre la mesa su último fajo de ahorros, el dinero que guardaba para huir de la ciudad. El Ruso lo observó, sopesó el riesgo y, con un suspiro cargado de derrota, comenzó a teclear.
El servidor gimió. De repente, el código se colapsó y un video ocupó la pantalla. La imagen era de una frialdad clínica que le cortó la respiración a Julián. Sala de Cuidados Críticos 4. Fecha: ayer. Mateo Larraín, conectado a un laberinto de tubos, parecía un espectro. Entonces, la Dra. Elena Rivas entró en el encuadre. Julián esperaba verla intentando salvarlo, pero la realidad fue un golpe seco en el estómago. Elena preparó una jeringa con un líquido ámbar, se giró hacia la cámara con una mirada vacía, casi desafiante, y administró la inyección. Los monitores pasaron de un ritmo frenético a un tono plano y eterno.
—¿Es ella? —susurró El Ruso, retrocediendo.
Julián no respondió. La traición le quemaba más que el frío de la lluvia. Elena no era una víctima; era una ejecutora consciente, grabada para ser incriminada o silenciada. En ese instante, la luz del sótano parpadeó y se apagó. El sistema del hospital había detectado la intrusión.
—¡Varga, nos han localizado! —gritó El Ruso mientras las sirenas empezaban a aullar en la superficie.
Julián arrancó el dispositivo, astillando el puerto USB. Salió a la calle, pero al doblar la esquina, vio las luces azules de las patrullas rodeando su apartamento. La radio de un oficial cerca de él sintonizó una frecuencia: «Sospechoso identificado, posible implicación en homicidio intencional». Julián apretó el dispositivo contra su pecho. Ya no era un investigador; era un fugitivo, y el video en su bolsillo confirmaba que la mujer en la que había confiado era el monstruo que intentaba exponer.