La cuenta regresiva final
El aire en el archivo de suministros no era aire; era una mezcla espesa de plástico fundido y el olor químico, casi dulce, del desinfectante que se consumía en las llamas. Julián Varga se cubrió la nariz con la manga de su bata robada, sintiendo cómo el calor le ampollaba la piel del rostro. A pocos metros, el sistema de ventilación escupía humo negro, un velo deliberado diseñado para sofocar cualquier rastro de los registros que estaba allí para extraer. No era un accidente. El hospital no estaba ardiendo; el hospital se estaba limpiando las manos.
Julián avanzó, arrastrando los pies sobre el linóleo que empezaba a combarse por el calor. Su identificación oficial había sido anulada hace horas, y cada terminal de acceso parpadeaba con una luz roja de advertencia: Acceso denegado. Protocolo de contingencia activo. Llegó al terminal de respaldo, una reliquia de metal incrustada en la pared trasera. Sus manos temblaban, no por el miedo, sino por la adrenalina que le corría por las venas como ácido. Sacó el sobre que Elena Rivas le había entregado en la morgue. El papel estaba sudado, casi desintegrándose. Dentro, una tarjeta magnética con un código alfa-numérico grabado a mano. Era su última moneda de cambio.
Un pitido agudo cortó el murmullo de la ventilación. El intercomunicador de emergencia cobró vida con una estática metálica antes de que la voz de Elena Rivas, quebrada y urgente, llenara la sala.
—Julián, no lo hagas —dijo ella, con el eco de pasos rápidos al otro lado—. La llave maestra que te entregué no es solo una credencial de acceso. Es un rastreador. La directora sabe exactamente en qué terminal estás en este momento.
—¿Por qué me lo dices ahora, Elena? —preguntó Julián, su voz rasposa por el humo—. ¿Es otra trampa para que me detengan antes de que descargue la verdad?
—No hay tiempo para juegos. La directora ya ha dado la orden de purga. Si intentas acceder, el sistema activará la autodestrucción física de los discos. Me están vigilando, Julián. Si no sales de ahí, no solo perderás la evidencia, te perderás a ti mismo.
Julián no respondió. Insertó la tarjeta en la ranura. El terminal emitió un chirrido electrónico y, en la pantalla principal, un contador rojo comenzó a descender desde diez minutos exactos. La purga había comenzado.
El humo negro se pegaba a sus pulmones como alquitrán. Con la visión nublada, se abalanzó sobre el primer guardia que irrumpió en la sala, bloqueando el golpe de su porra con el antebrazo. El dolor fue un latigazo, pero Julián no cedió; le estampó la cabeza contra la consola metálica hasta que el hombre se desplomó. Sus dedos temblorosos arrebataron la tarjeta de acceso del uniforme inerte y la insertó en la ranura principal para sobrecargar el sistema de enfriamiento. Un chorro de nitrógeno líquido selló la puerta principal con un siseo gélido.
En la pantalla, la barra de descarga avanzaba con una lentitud agónica: 80% completado. El cronómetro marcaba 1:58. Afuera, los golpes metálicos resonaban como tambores de guerra, cada impacto deformando el acero de la puerta. Julián escupió una mezcla de bilis y hollín, apoyándose contra la torre de servidores. El aire era un veneno espeso; cada respiración era una puñalada.
Cuando la transferencia llegó al 100%, el zumbido de los ventiladores cesó de golpe, reemplazado por un silbido agudo. Las luces de emergencia, que hasta entonces bañaban la sala en un rojo tenue, parpadearon y se tornaron de un blanco clínico cegador. Un sonido de pistones hidráulicos activándose hizo que el suelo vibrara bajo sus pies. Las puertas del núcleo se sellaron herméticamente con un chasquido metálico final, aislando la sala del resto del hospital. El oxígeno comenzó a ser succionado por los conductos de ventilación. Julián, con el dispositivo de almacenamiento apretado contra su pecho, vio cómo la pantalla del servidor parpadeaba en rojo, indicando que la purga final estaba completada. La sala se convirtió en una tumba de acero, y el aire, cada vez más escaso, le recordó que el sistema nunca permitía que la verdad saliera viva.