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Chapter 4: Sombras en el archivo

Julián escapa del hospital tras obtener el informe que confirma que Mateo Larraín era el hermano del director, vinculando a la dirección con el protocolo experimental de Valcárcel. Sin acceso digital y con la seguridad interna tras sus pasos, Julián es interceptado en un cruce desierto por un vehículo negro que lo acecha bajo la lluvia.

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Sombras en el archivo

El eco metálico de mis botas sobre la rejilla de la escalera de incendios era un metrónomo de pánico. Diez minutos. Eso era todo lo que el sistema de seguridad me había dado antes de marcar mi tarjeta como un objeto extraño, un virus que debía ser purgado. Abajo, el sonido rítmico de botas tácticas golpeando el linóleo del pasillo principal confirmaba que la cacería no era una metáfora: era un protocolo de limpieza.

Me detuve en el rellano del cuarto piso, con el pecho ardiendo. El informe de Larraín, un fajo de hojas que pesaba más que mi propia vida, estaba apretado contra mi costado. La humedad se filtraba por las rendijas de la ventana, empapando el papel. 71 horas y tres minutos. Ese era el tiempo que me quedaba antes de que el servidor central borrara cualquier rastro de la existencia de Mateo Larraín. Si me atrapaban, no solo perdería mi empleo; perdería la única prueba de que su muerte no fue un error médico, sino un sacrificio institucional.

—¡Revisen el sector C! ¡No dejen ni una puerta sin asegurar! —la voz del jefe de seguridad retumbó por el hueco de la escalera.

Me incliné sobre el panel de control manual de la salida trasera. Mis dedos, entumecidos por el frío y el terror, forcejearon con el destornillador que había robado del taller. El metal chirrió contra la cerradura electrónica, un sonido estridente que en el silencio sepulcral del hospital pareció un disparo. Arriba, los pasos se detuvieron en seco. Habían escuchado.

—¡Está en la escalera! —gritó alguien. El redoble de botas bajando los escalones de dos en dos me obligó a actuar. Forcé el panel con la rabia de un hombre que ya no tiene nada que perder. La puerta cedió con un chasquido seco. Salí al estacionamiento, envuelto en una cortina de lluvia torrencial que me empapó al instante, borrando mis huellas.

Me agazapé detrás de una columna de concreto, protegiendo el informe. La tinta empezaba a sangrar, pero las siglas 'A.E.S.' —Auditoría Externa Secreta— seguían siendo legibles. No era una auditoría; era la tapadera para el protocolo experimental de Ernesto Valcárcel. Al desplegar la página central, la verdad me golpeó con la fuerza de un mazazo: Mateo Larraín no era un indigente. Era el hermano menor de Ricardo Larraín, el director del hospital. El encubrimiento no era por dinero; era para proteger el linaje de la dirección de un experimento fallido.

Un destello de linterna barrió el muro frente a mí. La seguridad interna no patrullaba; cazaba. Mi credencial estaba muerta; cualquier intento de salir por las puertas principales dispararía una alarma silenciosa. Ya no era un investigador; era el chivo expiatorio designado para desaparecer.

Guardé los papeles en mi chaqueta, sintiendo cómo el papel mojado se adhería a mi piel. Si me capturaban, no habría juicio, solo un accidente conveniente en la ciudad lluviosa. Me puse en pie, calculando la distancia hacia la salida de servicio, pero un motor arrancó cerca. Un sedán negro, con los vidrios polarizados, se deslizó desde la sombra de los pilares, bloqueando mi única vía de escape.

Las luces largas del vehículo se encendieron de golpe, cegándome. La luz blanca, cortante y artificial, atravesó la penumbra, revelando mi posición con una claridad hiriente. Julián supo entonces que el hospital no solo quería borrar el expediente: querían asegurarse de que el testigo no sobreviviera a la noche.

Al cruzar la garita de control, el guardia ni siquiera me miró; solo levantó la barrera con una lentitud deliberada, sus ojos fijos en mi retrovisor. En cuanto mis ruedas tocaron la avenida, el sedán negro arrancó. Me mantuve en el laberinto de callejones, pero el motor de mi auto comenzó a protestar con un siseo metálico. La presión del sistema no era solo digital; era física.

En un cruce desierto, frené en seco. El sedán negro se detuvo a escasos metros, bloqueando la salida hacia la carretera principal. El silencio dentro de mi coche se volvió absoluto, solo interrumpido por el golpeteo rítmico del agua contra el metal. Entonces, las luces largas del sedán se encendieron, blancas y cegadoras, cortando la cortina de lluvia como dos estacas de luz pura. Sabía que, al otro lado de ese resplandor, alguien esperaba a que el reloj terminara de correr.

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