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Chapter 3: Costo de acceso

Julián roba una credencial de acceso durante un sabotaje eléctrico para entrar al archivo central. Logra obtener un informe que vincula al hermano del director del hospital con el protocolo experimental de Larraín. Su identificación es desactivada y queda acorralado en la escalera de incendios mientras la seguridad interna lo localiza.

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Costo de acceso

El zumbido de los fluorescentes cambió de tono, un chirrido metálico que recorrió el pasillo como una advertencia. Julián Varga vio el aviso en la terminal del puesto de control antes de que el supervisor de turno, un hombre de hombros anchos y mirada de quien nunca ha pedido perdón, se girara: RESTRICCIÓN PARCIAL. INCIDENTE ELÉCTRICO. 71:03 HORAS PARA PURGA.

El cambio de turno se había adelantado. Era la trampa.

El supervisor sacó su tarjeta para marcar la salida. En la otra mano, una carpeta azul con el sello de Urgencias. Julián, oculto tras un carro de ropa sucia, sintió el peso del sobre vacío de Elena en su bolsillo interno. No podía entrar al archivo sin una credencial activa, y su propia identidad ya era un cadáver digital en el sistema del hospital.

Un chasquido en el tablero eléctrico al fondo hizo que las luces vacilaran. El supervisor giró hacia el ruido, irritado. Julián aprovechó el segundo: tropezó contra el carro, lanzando una caja de guantes al suelo.

—¡Cuidado, hombre! —gruñó el supervisor.

Julián se agachó. Su mano rozó el bolsillo del pecho del otro hombre, sintiendo el plástico rígido. Un tirón seco, un cambio de peso, y la credencial estaba en su palma. No era elegancia; era la desesperación de quien sabe que, si no entra ahora, la verdad sobre Mateo Larraín será borrada antes del amanecer.

—¿Usted trabaja aquí? —preguntó el supervisor, clavándole la mirada.

—En administrativo. Cubriendo una incidencia —mintió Julián, con la voz plana, profesional, esa máscara que le había servido para sobrevivir a años de deudas y despidos.

El hombre dudó. Su mirada bajó a la mano de Julián, al gesto demasiado tenso con el que ocultaba el plástico. Un segundo más y lo reconocería. Entonces, el radio del supervisor chirrió con una orden urgente. El hombre se distrajo, la carpeta azul se le resbaló, y Julián aprovechó para retirarse sin correr, con el corazón golpeándole las costillas como un martillo.

Llegó al archivo central. Deslizó la tarjeta robada. La luz pasó de ámbar a verde, y luego, con un pitido agónico, a rojo. El sistema lo había detectado, pero el seguro de la puerta ya había cedido. Empujó con el hombro.

El aire dentro olía a ozono y papel viejo. El guardia de seguridad, un hombre que Julián recordaba de sus días de gloria administrativa, lo vio de frente.

—Varga —dijo el guardia, llevando la mano al radio.

Julián no respondió. Se lanzó sobre la bandeja de revisión, arrancó un legajo con el sello de AUDITORÍA EXTERNA SECRETA y corrió hacia la escalera de incendios. En el forcejeo, su propia identificación cayó al suelo, blanca y condenatoria. Quiso volver por ella, pero los pasos pesados de la seguridad interna ya resonaban en el pasillo.

Subió los escalones de dos en dos, sintiendo el golpe de la lluvia nocturna en la cara. Se detuvo en el rellano, jadeando, y abrió el informe. La tinta estaba corrida por la humedad, pero las palabras eran claras: “Paciente Larraín solicitó protección. Riesgo documentado. Firma: Coordinación Médica”. Y al final, un apellido que le heló la sangre: el hermano del director del hospital estaba involucrado.

Un golpe seco en la puerta metálica lo devolvió a la realidad. La terminal del pasillo, visible a través de la rejilla, parpadeó con una sentencia final: IDENTIFICACIÓN DESACTIVADA EN TODO EL EDIFICIO.

Julián apretó el papel contra el pecho. Ya no era un investigador buscando un error; era un hombre marcado en un edificio que estaba cerrando sus puertas para siempre. Los pasos en el pasillo se detuvieron justo frente a la escalera. Alguien probó el picaporte.

El juego había terminado. La caza acababa de empezar.

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