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Chapter 2: La deuda de la Dra. Rivas

Julián pierde su acceso al sistema mientras la purga borra las pruebas sobre el paciente Larraín. Tras confrontar a la Dra. Elena Rivas, descubre que el hospital está bajo una auditoría externa y que ella actúa bajo coacción. Elena le entrega un sobre con una pista vinculada al donante principal del hospital, Ernesto Valcárcel. Julián es marcado por el sistema de seguridad y queda atrapado en la escalera de incendios mientras la seguridad interna comienza a darle caza.

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La deuda de la Dra. Rivas

A las 71:03 horas de la purga, la terminal de Julián Varga parpadeó en rojo y le escupió su nombre fuera del sistema. No fue un error de carga; fue un borrado quirúrgico. El cursor tembló sobre la pantalla, y debajo del aviso, la línea más brutal del día se grabó a fuego en su retina: ACCESO CANCELADO POR ORDEN ADMINISTRATIVA.

Julián apretó la mandíbula. En el pasillo de archivos administrativos, el aire olía a desinfectante industrial y a la humedad metálica que la lluvia arrastraba desde los ventanales. Afuera, la ciudad se deshacía bajo el aguacero, pero adentro, el hospital se estaba limpiando a sí mismo. En el monitor de actividad, los registros del folio 402 —el expediente de Mateo Larraín— se desintegraban en bloques. El nombre del paciente se convirtió en un espacio vacío, seguido por el sello de ingreso y, finalmente, por una nota de observación que Julián alcanzó a leer antes de que el código la devorara: «Protocolo experimental no declarado».

—Llegas tarde —dijo una voz a sus espaldas.

Julián se giró. Elena Rivas estaba allí, con la bata blanca impecable y una mirada que intentaba, sin éxito, ocultar el terror. La interceptó antes de que ella pudiera retirarse hacia el área de cuidados intensivos. Julián sentía el peso de la unidad externa en su bolsillo, una copia parcial que le quemaba como una sentencia de muerte.

—El folio 402 no fue un error, Elena. Fue una purga selectiva —dijo él, bajando la voz hasta convertirla en un filo—. ¿A quién estás protegiendo? ¿O es que el hospital ya no tiene pacientes, solo activos financieros?

Elena soltó una risa seca, sin rastro de humor. Sus hombros, tensos bajo la tela rígida de su uniforme, revelaban que no era una aliada del poder, sino una rehén de él.

—Mire qué listo es el administrativo caído en desgracia —respondió ella, inclinándose hacia él—. ¿Cree que esto es sobre medicina? Estamos bajo una auditoría externa secreta. Cualquier rastro de Larraín es una mancha que debe eliminarse antes de que los auditores lleguen a la planta baja. Si sigues cavando, no solo perderás tu trabajo. Perderás tu nombre.

Julián no retrocedió. La presión del tiempo era un zumbido constante en sus oídos, el mismo tono de los monitores de la sala de al lado.

—¿Por qué me lo dices? —preguntó él.

Elena le deslizó un sobre. Estaba vacío, ligero, pero al tocarlo, Julián notó que el forro interior ocultaba algo más que aire. —No busques la verdad —susurró ella, con los ojos inyectados en sangre—, busca al que la compró.

Julián se alejó hacia los ascensores de servicio, con el sobre arrugado en la mano. Necesitaba salir, analizar la marca de agua que apenas se intuía en el papel. Pero al llegar al panel, el ascensor se negó a abrir. El lector de tarjetas emitió un pitido agudo, y la pantalla mostró un mensaje definitivo: «Identificación suspendida. Aviso remitido a seguridad interna».

El edificio se había convertido en una trampa. Julián giró sobre sus talones y corrió hacia la escalera de incendios, el único lugar sin cámaras. Mientras descendía, abrió el sobre bajo la luz de emergencia. Al trasluz, la marca de agua reveló un logotipo corporativo que le heló la sangre: la fundación de Ernesto Valcárcel, el principal donante y dueño de los silencios en este hospital.

De repente, el silencio de la escalera fue interrumpido. Pasos pesados, rítmicos y deliberados comenzaron a bajar por el mismo tramo de escaleras. Alguien subía. Alguien lo buscaba. Julián se pegó a la pared, con la unidad externa en la mano y el peso de la verdad empezando a aplastarlo. La cacería había comenzado, y él ya no era un investigador; era la pieza que faltaba limpiar.

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