Prueba de campo: El sector prohibido
El aire en el hangar del Sector 4 era una mezcla espesa de ozono y metal fundido. El indicador de temperatura del Mark-IV brillaba en un rojo agónico: 94%. El protocolo de contención de la Academia no solo sellaba las salidas; estaba asfixiando el sistema de soporte vital del mecha para forzar una parada de emergencia. Al otro lado de la compuerta, el sonido de las sierras térmicas del Enforcer devorando el blindaje era un recordatorio constante de que mi tiempo se agotaba.
—El módulo no es solo una mejora, Kael —la voz de Elena, filtrada por el comunicador, era un hilo de tensión—. Es un faro. Cada vez que activas una habilidad, la red de la Academia triangula nuestra posición con precisión milimétrica. Si el núcleo detona, no solo moriremos; borrarán cualquier rastro de la corrupción que intentamos exponer.
Mis manos, sudorosas, se aferraban a los controles. La vibración del núcleo se sentía como un pulso ajeno contra mi propia columna. El prototipo de mi padre, integrado en el sistema, no era una ventaja; era una sentencia que se alimentaba de mi energía.
—No puedo esperar a la auditoría —respondí, ignorando el temblor en mis dedos—. Si este módulo es una llave maestra, debe haber una salida que los planos oficiales omiten.
Elena, con los nudillos ensangrentados por la manipulación frenética de los cables, se apartó de la consola. —Vane ha sellado los niveles superiores. Si salimos por la escotilla principal, seremos chatarra antes de que los sensores registren nuestra firma.
No respondí. Mis ojos estaban fijos en la interfaz táctica. El prototipo estaba desmantelando la arquitectura del edificio en tiempo real. Un mapa 3D se proyectó en la cabina, revelando una red de conductos de servicio que conectaban el corazón de la secta con las zonas de desguace profundo. Eran venas de datos ocultas. De repente, el casco del Mark-IV se estremeció. Un dron de reparación, modificado con una torreta de supresión, emergió de una rejilla de ventilación. Su láser rojo se detuvo en mi pecho.
—¡Detectado! —gritó Elena.
El dron disparó una ráfaga de pernos electromagnéticos. Maniobré el Mark-IV, sintiendo cómo el chasis se quejaba bajo la presión. Utilicé la inercia para desviar el ataque y, aprovechando el acceso del prototipo, lancé un virus de sobrecarga que inmovilizó al dron. Al destruirlo, el prototipo absorbió los datos de combate. Un destello azul recorrió mis circuitos: Habilidad desbloqueada: Despliegue Cinético.
La victoria fue efímera. La compuerta principal cedió y el Enforcer irrumpió con sus escuadrones.
—La cláusula 4-B ha sido invalidada —bramó el oficial—. Entregas el Mark-IV ahora o serás desmantelado junto a él.
No retrocedí. Activé el 'Despliegue Cinético', una melodía de control que hizo vibrar el suelo. Proyecté un pulso de energía residual que desarmó al mecha del Enforcer en segundos. El oficial quedó humillado, pero las alarmas globales comenzaron a aullar. Toda la facción estaba tras nosotros.
Nos lanzamos a los túneles subterráneos. Con los datos recopilados, tenía la prueba definitiva de la corrupción. La asamblea de la secta estaba por comenzar y los archivos de la traición estaban listos para ser emitidos. Alguien en la cúpula había bloqueado nuestras rutas, pero el prototipo ya procesaba el último registro de combate, desbloqueando una capacidad final. La asamblea comenzaba en minutos, y el mundo estaba a punto de ver la verdad.