La deuda que no se paga con créditos
El aire en el Sector de Bajo Rango se sentía como una herida abierta. El olor a ozono, grasa quemada y el sudor frío de Kael saturaban el pequeño hangar, pero era la presencia del Enforcer Vane, bloqueando la entrada con una parsimonia depredadora, lo que impedía que el oxígeno llegara a sus pulmones. Vane no decía nada; sus ojos metálicos escaneaban el Mark-IV como si pudiera diseccionar el metal y encontrar el corazón prohibido que latía en su núcleo.
—Tu victoria en el Proving Ground ha sido... ruidosa, Kael —la voz de Vane, amplificada por los altavoces de su armadura, reverberó en las paredes de chapa—. Un chatarrero que escala diez rangos en un solo movimiento. Es una anomalía que mi departamento suele corregir con una auditoría completa. Ahora mismo.
Kael sintió un espasmo en el estómago. El Mark-IV emitía una firma energética inestable, una estela de datos que la red de la Academia rastreaba con avidez. Si Vane cruzaba el umbral, la auditoría revelaría no solo el módulo, sino el origen del código que corría por sus venas. El cronómetro en su muñeca marcaba veintitrés horas para la inspección oficial; Vane estaba intentando saltarse el protocolo para confiscar el botín antes de que otros ojos de la élite se posaran sobre él.
—El protocolo es claro, Enforcer —replicó Kael, forzando la firmeza en su voz aunque sus dedos temblaban dentro de los bolsillos—. Rango medio, artículo 42: protección de activos en periodo de gracia. Si intentas entrar, estarás violando el código de la Academia. Y dudo que tu reputación sobreviva a una denuncia formal ante el Consejo.
Vane soltó una carcajada seca, un sonido metálico que erizó el vello de la nuca de Kael. —El Consejo valora el talento, Kael. A ti te consideran un error de sistema. Disfruta tus veintitrés horas. Cuando vuelva, no habrá protocolo que te proteja de lo que escondes bajo esa carcasa de chatarra.
En cuanto la silueta de Vane desapareció, Kael se desplomó contra el chasis. No había ganado tiempo; solo había trasladado la batalla al terreno que peor dominaba: la información.
Corrió hacia la interfaz neuronal del Mark-IV. El hangar vibraba con una frecuencia antinatural. —Kael, deja de forzar el núcleo —la voz de Elena crepitó por el comunicador, llena de un pánico que rara vez permitía—. Si el sistema detecta una intrusión en el nivel raíz, el protocolo de seguridad borrará todo rastro antes de que puedas leer una sola línea.
—Si no descubro la verdad, Elena, no habrá nada que borrar porque mañana seré un cadáver profesional —respondió Kael, conectando el cable de derivación al puerto principal. El sistema lanzó una advertencia roja: Acceso denegado. Nivel de autorización: Rango 9 (Chatarrero). Él estaba en el rango 42, pero el número ya no importaba. Forzó el núcleo, sintiendo cómo el hardware del mecha protestaba con un chirrido agónico.
De repente, el código fluyó. No era solo un módulo de aleación negra; era una arquitectura de combate diseñada para un chasis que la Academia había declarado 'perdido' hace años. Los registros de batalla antiguos se desplegaron ante sus ojos: el diseño original, las pruebas de estrés, y un nombre que lo dejó helado: el de su padre. La Academia no había robado la tecnología; la habían confiscado, borrando el linaje de su familia para ocultar que el prototipo más letal de la historia no era obra de ellos, sino del hombre al que habían arruinado.
El código de acceso cambió a verde, pero la pantalla se tiñó de rojo escarlata un segundo después. Una alarma estridente desgarró el silencio. La red de la Academia había detectado la intrusión.
—Maldita sea —gruñó, arrancando el disco de datos justo cuando un dron de contención irrumpió por el conducto de ventilación. El dron disparó un pulso electromagnético que hizo vibrar todo el hangar. Kael conectó su enlace neuronal, sintiendo cómo el metal del mecha se quejaba. No podía usar el módulo a máxima potencia; eso atraerá a los instructores al instante.
Esquivó un rayo de plasma por milímetros mientras su brazo derecho, ya debilitado por la sobrecarga, soltaba chispas. El sistema de compensación de fallos estaba colapsando. Con un rugido de frustración, Kael forzó el núcleo, canalizando energía pura a través de los circuitos corroídos. Un destello azul cegador estalló de su mano, desintegrando al centinela en una explosión de chatarra fundida.
El silencio volvió, pero era un silencio pesado. El brazo derecho del Mark-IV colgaba, inútil, con las articulaciones fracturadas. Kael miró el disco de datos en su mano. La verdad estaba ahí, pero el costo era claro: el prototipo estaba al borde del colapso estructural. Si no lograba compensar el daño antes del próximo duelo público que ya se acumulaba en su red, perdería el brazo, el mecha y el secreto que su padre había muerto por proteger.