Escalera pública: El desafío de rango
El aire en el Hangar 4 sabía a ozono quemado y a la amargura del metal recalentado. Kael observó el monitor de su terminal: una alerta roja parpadeaba sobre el chasis del Mark-IV. La firma energética del módulo de aleación negra no era solo inestable; era una baliza que gritaba su ubicación a cualquier escáner de la Academia. A pocos metros, el Enforcer Vane golpeaba la puerta blindada con el puño enguantado, un sonido metálico y autoritario que marcaba el ritmo de una cuenta regresiva que ya no podía detener.
—Kael, apágalo —susurró Elena, con los nudillos blancos de tanto apretar una llave inglesa—. Si ese sensor detecta la modulación prohibida, no habrá auditoría, solo confiscación inmediata. Y esta vez, no nos dejarán ni los tornillos.
Kael no respondió. Sus dedos volaban sobre la consola, reconfigurando los condensadores de desecho del hangar. Si quería ocultar la firma del módulo, necesitaba una interferencia masiva, un pulso electromagnético que cegara los sistemas de inspección de Vane sin destruir su propia fuente de energía.
—Si no acepto el desafío de rango, el sistema me declarará obsoleto en menos de una hora —gruñó Kael, sintiendo el peso del metal bajo sus pies—. Mi nombre está en la red, Elena. Soy un blanco móvil. O uso este prototipo para ganar mi lugar, o moriremos como chatarra.
Con un movimiento brusco, disparó la sobrecarga. El hangar se sumió en un parpadeo de luces muertas y estática. Afuera, Vane maldijo cuando sus escáneres se saturaron de ruido blanco. Fue el respiro necesario. Kael no esperó; activó los propulsores del Mark-IV y atravesó la salida trasera, dejando atrás el Hangar 4 antes de que el Enforcer pudiera recuperar la señal.
El Proving Ground estaba a kilómetros, pero la red de la Academia ya lo había marcado. Al entrar en la arena, el zumbido del módulo vibró contra su columna, una melodía de poder que le erizaba la piel.
—¡Mira eso, es el chatarrero! —gritó alguien desde las gradas.
Frente a él, un 'Vanguard' de rango medio, reluciente y blindado, bloqueaba el centro. Su piloto cargó sin previo aviso. El impacto contra el chasis de Kael fue brutal, una sacudida que casi lo hace perder el control.
—Tu chatarra no pasará de este minuto —la voz del rival salió por el canal abierto, distorsionada por la arrogancia.
Kael apretó los dientes. Activó el módulo. La aleación negra pareció fundirse con el chasis, y el Mark-IV respondió con una agilidad inhumana. En un movimiento de sobreaceleración que desafiaba las leyes de inercia, Kael esquivó el cañón cinético del rival y se incrustó en su flanco, sobrecargando el sistema de armas del Vanguard hasta que estalló en una lluvia de chispas. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el murmullo de una multitud que empezaba a comprender que el chatarrero ya no era una presa fácil.
Al salir de la arena, Vane lo esperaba, flanqueado por guardias. El Enforcer no sonreía.
—Tu rendimiento fue estadísticamente imposible, Kael. La red ha marcado tu firma. Ya no eres invisible.
—El reglamento es claro, Vane —respondió Kael, manteniendo la mirada—. Un piloto que escala diez rangos en una sola sesión tiene derecho a veinticuatro horas de gracia antes de cualquier auditoría. Es mi derecho de ascendente.
El Enforcer se retiró, pero su mirada prometía una cacería implacable. Kael se ocultó en un refugio de emergencia, con el corazón martilleando. La tabla de posiciones se actualizó frente a sus ojos: su nombre, Kael, figuraba por primera vez en el ranking oficial, atrayendo todas las miradas hostiles de la élite de la Academia. Mientras el Mark-IV se enfriaba, Kael accedió a los archivos del módulo. Sus dedos temblaron al ver el registro de arquitecto: el código fuente no era tecnología desconocida, era el trabajo de su padre, un diseño que vinculaba su destino con los secretos más oscuros de la Academia.