La primera prueba de fuego
El núcleo del Mark-IV zumbaba con una frecuencia que me hacía vibrar los dientes. No era el ronroneo metálico de un motor viejo; era un grito de alta tensión, una firma energética que, en cualquier otro hangar de la Academia, habría disparado los protocolos de seguridad de inmediato.
—Kael, detente —susurró Elena desde la penumbra, con la mano temblando sobre el interruptor de emergencia—. Si el Enforcer detecta el rastro del módulo, no solo nos confiscarán el chasis. Nos borrarán del registro.
Ignoré el miedo que me helaba la nuca. Conecté el último cable de derivación, sintiendo cómo la aleación negra del prototipo se fusionaba con el sistema nervioso del Mark-IV. El medidor de radiación en mi consola parpadeó en rojo, marcando un pico de energía clase-D. Era una locura, pero era mi única oportunidad. Sin esta mejora, el Mark-IV era chatarra; con ella, era un arma.
El estruendo de la esclusa metálica abriéndose cortó el aire. Vane, el Enforcer de turno, entró con paso pesado, sus botas resonando contra el suelo de hormigón. Sus ojos, fríos y expertos, recorrieron el hangar hasta detenerse en mi mecha. El Mark-IV aún exhalaba un calor residual que hacía ondular el aire.
—El sistema de monitoreo ha registrado una anomalía en este sector, Kael —dijo Vane, deteniéndose a pocos metros del chasis—. Un chatarrero como el tuyo no debería ser capaz de generar ni un suspiro de potencia. ¿Qué estás ocultando?
Me interpuse entre él y el núcleo, ocultando mis manos entumecidas tras la espalda. El olor a ozono era insoportable.
—Es el regulador de presión, señor —mentí, manteniendo la voz firme—. Se ha filtrado refrigerante en el conducto secundario. El motor está agonizando; si lo fuerzo un poco más, terminará de fundirse. Es un milagro que aún se mantenga en pie.
Vane entornó los ojos, acercándose al Mark-IV. Pasó una mano enguantada por la superficie rugosa de la armadura. Para vender la mentira, sobrecargué intencionalmente un circuito secundario. Una chispa violenta saltó, seguida de un humo acre y un chirrido agónico del metal. Vane se retiró con una mueca de asco, convencido por el desastre que veía.
—Tienes hasta mañana para presentar este despojo a la auditoría técnica —sentenció Vane, dándose la vuelta—. Si no pasa la prueba de rendimiento, te enviaré personalmente al desguace. No desperdicies mi tiempo otra vez.
En cuanto la esclusa se cerró, el silencio fue más aterrador que el estrépito. Elena se desplomó contra la consola.
—El módulo está drenando la red de la Academia, Kael. Es una baliza. Si no lo extraes, nos encontrarán.
—Si lo saco, el Mark-IV vuelve a ser basura —respondí, mirando el chasis abollado—. Y mañana, seré desguazado junto con él.
Inicié la secuencia de prueba en el simulador. El mecha rugió, superando todos los límites estructurales anteriores. En la pantalla principal, mi nombre —antes una mancha gris en el fondo del ranking— comenzó a escalar posiciones a una velocidad obscena. El sistema de la Academia procesaba los datos, validando mi ascenso.
Pero el costo fue inmediato. Mi terminal vibró frenéticamente. La prueba se había filtrado. Las notificaciones de desafíos de duelo empezaron a inundar mi red privada como una marea roja. Ya no era invisible. Al superar el umbral de eficiencia, mi anonimato había expirado. Cada facción de la academia recibía ahora coordenadas exactas de mi ubicación.
Miré la tabla de posiciones: mi nombre, brillante y desafiante, se consolidaba en el tablero. El Enforcer, que apenas unos minutos antes me despreciaba, se detuvo en el pasillo, mirando directamente hacia mi hangar con una sospecha que ya no podía ocultar. La escalera se había abierto, pero el primer peldaño estaba ardiendo.