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Chapter 1: Chatarra con alma: La última subasta

El protagonista, Kael, recupera un módulo de tecnología prohibida tras un altercado con un Enforcer en el mercado. A pesar de las advertencias de su hermana, Elena, instala la pieza en su mecha Mark-IV para evitar la confiscación, provocando una sobrecarga energética que activa las alarmas de la academia justo cuando el Enforcer llega a su hangar.

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Chatarra con alma: La última subasta

El cronómetro sobre la puerta del Mercado de la Secta parpadeaba en un rojo agónico: 23:59:42. Menos de un día para que mi chasis, un Mark-IV de chatarra remendada, fuera confiscado por el sistema de deuda de la Academia. Si el contador llegaba a cero, el mecha pasaría a la fundición y yo, sin mi herramienta de trabajo, sería expulsado a las minas de cobalto. Mi mano apretaba una bolsa de lona con piezas de desguace de baja calidad: el único capital que tenía para evitar el desahucio.

—Muévete, basura —escupió una voz metálica.

Era el Enforcer, un oficial de rango medio con un exoesqueleto impecable que brillaba bajo las luces de neón del sector. Me empujó contra un puesto de venta, haciéndome caer. El impacto me sacó el aire, pero me aferré a la bolsa. Si perdía el Mark-IV, Elena, mi hermana, perdería su única fuente de purificación de aire en los niveles inferiores. Ella dependía de la energía que yo lograba extraer del chasis cada vez que lo «ajustaba» en el mercado.

—Solo intento llegar a la ventanilla, oficial —logré articular, manteniendo la mirada baja. La humillación era el impuesto que pagábamos los sin-rango.

El Enforcer se rio, un sonido distorsionado por su casco. Se acercó tanto que pude oler el ozono de su armadura.

—Tu chatarra es una mancha en el registro de la academia. Mañana, cuando el mercado cierre, la Secta cobrará la deuda con tu propia piel. ¿Crees que vendiendo basura de tercera clase cambiarás algo?

Me dio una patada en la bolsa. Las piezas se esparcieron por el suelo sucio, pero entre los restos de metal oxidado, algo brilló con una intensidad antinatural. Un módulo pequeño, de aleación negra, que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla. Lo recogí antes de que él pudiera verlo, ocultándolo en mi manga mientras el Enforcer me obligaba a retroceder. Me fui con los bolsillos vacíos, pero con un peso gélido y prometedor contra mi antebrazo.

El aire en el taller clandestino estaba viciado, impregnado de aceite quemado. Bajo la luz parpadeante, mi chasis parecía un cadáver metálico. Elena mantenía sus manos apretadas contra el pecho, sus nudillos blancos bajo la penumbra.

—No deberías haberlo traído aquí, Kael —susurró ella, mirando el módulo que reposaba sobre mi banco de trabajo. Sus grabados geométricos palpitaban con un calor antinatural—. Esa pieza no pertenece a este sector. Si la Secta descubre que poseemos tecnología de Grado Prohibido, nos borrarán.

—Si no lo instalo, el Enforcer se llevará el chasis mañana —respondí, ajustando mi destornillador magnético con dedos temblorosos—. Mi rango no subirá, nuestra deuda seguirá acumulando intereses y terminaremos en las minas. Esto es una ventaja, Elena. Una que nadie más tiene.

—Es un cebo. Mi padre lo mencionó. No es una mejora, es un sistema de sobrecarga diseñado para pilotos que no temen morir.

No respondí. Mis manos, manchadas de grasa negra, temblaban al insertar el módulo prototipo en el núcleo central. No era una pieza legal; era un componente que emitía un calor pulsante, casi vivo. El Enforcer, cuyo paso pesado resonaba ya en el pasillo de acceso, venía a cobrar lo que era suyo. Si detectaba la firma energética, mi ejecución no sería un juicio, sino un desguace inmediato.

—Kael, detente —susurró Elena, con la voz delgada por la fiebre—. Si el sistema detecta la frecuencia, no solo perderás el mecha. Nos borrarán.

—Ya nos han borrado —respondí, apretando el último perno. El módulo encajó. Un clic seco, seguido de un zumbido de baja frecuencia que hizo vibrar mis dientes. De repente, el chasis, que hasta hace un momento parecía un montón de chatarra inerte, cobró vida. Una luz azul eléctrica recorrió las venas de fibra óptica del mecha, iluminando el hangar con una intensidad violenta.

Las alarmas de la academia comenzaron a aullar, un sonido estridente que perforó el silencio del sector. El prototipo estaba activo, pero la firma de energía era tan potente que no podía ocultarse. En el pasillo, el paso del Enforcer se detuvo. Un silencio pesado se instaló antes de que una bota metálica golpeara la puerta del hangar. El oficial estaba ahí, mirando directamente hacia mi chasis oculto, sabiendo que la chatarra que despreciaba acababa de despertar algo que la Secta creía extinto.

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