La elección del heredero
Elena salió del cuarto de control a las 00:07. El pestillo cerró con un sonido que pesaba más que cualquier firma. El contrato había expirado siete minutos antes. El pasillo superior del edificio corporativo olía a cables calientes y a mármol frío. Julián esperaba junto a los ascensores de cristal, de espaldas a la ciudad que ardía en luces abajo. Traje negro, sin corbata, manos quietas en los bolsillos.
Ella se detuvo a cuatro pasos. No habló primero.
Él tampoco se volvió de inmediato. Dejó que el reflejo en el acero le anunciara la llegada.
—Mataste el backdoor y salvaste la junta de mañana —dijo por fin, sin girar—. Y dejaste que el contrato muriera sin pelear por extenderlo.
—No era una negociación. Era un plazo. —Elena cruzó los brazos—. Cumplió su función. Ya no hay nada que reclamar.
Julián giró entonces. La miró de arriba abajo una sola vez, como si buscara heridas invisibles. E
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