Más allá de la farsa
El Mercedes se detuvo frente al edificio de Emilio Castelar con un siseo de frenos. Elena bajó antes de que el motor enmudeciera. Dos plazas más adelante, la Tahoe gris mostraba polvo rojizo en las llantas: la misma que su padre usaba para desaparecer cuando las cosas se ponían feas. El nudo en el estómago se convirtió en puño.
Julián se colocó a su lado sin tocarla. Ambos miraron la camioneta como si esperaran que escupiera fuego.
—Segundo piso, 204 —dijo él en voz baja—. El guardia ya sabe.
Elena avanzó. El portero nocturno abrió sin preguntar. El ascensor olía a desinfectante industrial y a promesas que nadie cumplió. La puerta 204 estaba entreabierta; luz cálida lamía el pasillo.
Empujó. Su padre levantó la vista desde un sillón desproporcionado. Traje arrugado, ojeras que parecían tatuadas, carpeta de manila abierta y una botella de agua intacta.
—Papá.
Él intentó sonreír. Solo consiguió una mueca.
—No debiste venir, Elena.
Julián cerró la puerta con un clic suave. El guardia quedó fuera.
—¿Quién te tra
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