La caída de los conspiradores
Los tacones de Elena golpeaban el pasillo privado con eco seco, como llaves que caen en una caja fuerte. Julián caminaba a su lado sin rozarla, pero el espacio entre ellos se sentía ocupado, cargado, como si el aire mismo supiera que ya no había cámaras que los obligaran a fingir.
Empujó la puerta de caoba de la sala ejecutiva. El cuarto era un bloque de vidrio y acero negro; la ciudad se desplegaba al otro lado del ventanal como un mar de luces que no perdonaba errores. Sobre la mesa ovalada descansaba una carpeta de cuero granate y un sobre lacrado.
Elena abrió la carpeta sin sentarse. Certificado de transferencia. 4.8 % de acciones Clase A. Firmado por Julián tres días atrás. Antes de que Camila apretara el botón de la filtración. Irrevocable.
—¿Antes de que ella publicara el audio? —preguntó, sin alzar la voz.
Julián se apoyó en el borde de la mesa, brazos cruzados.
—Quería que tuvieras poder real. No promesas. Si mañana la junta me voltea la espalda, tú decides quién se queda sentado.
Elena cerró la carpeta con un golpe que sonó como un candado.
—No soy tu seguro contra traición.
—No. Eres la única persona en la que confié lo suficiente como para
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