La tregua en el refugio
La puerta de la suite se cerró con un chasquido seco que aún resonaba en los oídos de Elena. El eco de las voces de sus padres —gritos amortiguados, insultos que rebotaban en el pasillo— se había extinguido hacía apenas diez minutos, pero el silencio que siguió era más pesado que cualquier palabra. Se quedó de pie frente al ventanal que daba a la ciudad negra y brillante. Las luces de Los Ángeles parpadeaban como si nada hubiera pasado, como si no acabara de romper el último hilo que la ataba a su apellido.
Julián estaba detrás de ella, a tres pasos exactos. No se había sentado. No había encendido ninguna luz adicional. Solo la miraba.
—No tenías que hacer eso —dijo Elena sin volverse. —¿Echarlos? Sí tenía. Ella giró apenas la cabeza. —No hablo de echarlos. Hablo de quedarte. Podrías haberte ido cuando empezaron a gritar. Nadie te habría culpado. Él soltó una risa corta, sin humor. —Nadie me culpa de nada desde hace mucho tiempo, Elena. Ese es el problema.
Silencio otra vez. Ella sintió el peso de la mirada de él en la nuca como si fuera una mano física. Julián dio un paso. Lueg
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