Sombras de la verdad
Elena bajó las escaleras de mármol con los tacones resonando como disparos en el silencio del lobby. El sobre que Julián le había entregado al amanecer aún ardía en su bolso, pero no podía pensar en eso ahora. Las voces la alcanzaron antes que sus rostros: su padre junto a la fuente de cristal, traje gris y corbata roja como una herida fresca; su madre aferrada al teléfono, nudillos blancos. Un puñado de invitados al evento de caridad fingía admirar las copas de champán mientras el personal del hotel se detenía en seco.
—Ahí está —dijo su padre, voz lo bastante alta para que rebotara en las paredes de vidrio—. La hija que desaparece cuando más la necesitamos.
Elena se detuvo a cinco metros. No bajó la mirada.
—Necesitan dinero —corrigió ella, tono plano—. No a mí.
Su madre avanzó un paso, tacones clavándose en el mármol.
—No seas insolente. Tu padre vendió el departamento de la avenida para cubrir lo que faltaba después de que tú rompiste con Diego Salazar y dejaste que todo se derrumbara.
Un murmullo recorrió el lobby. Teléfonos comenzaron a levantarse con disimulo. Elena sintió el calor subirle por el cuello, pero mantuvo la espalda recta. Recordó las noches en que su padre firmaba papeles sin consultarla, las promesas rotas, el desfalco que ahora querían cargar sobre sus hombros como si ella fuera la garantía viva de la familia.
—Ese desfalco lo firmaron ustedes —respondió, voz baja pero clara—. Yo no ro
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