El costo de la lealtad
El despacho de Julián no era una oficina; era un búnker de cristal donde cada decisión tenía un precio de mercado. Elena observaba el anexo al contrato que él acababa de deslizar sobre el escritorio de caoba. Sus dedos, firmes a pesar del pulso acelerado, recorrieron las cláusulas de autonomía financiera. Ya no era la joven desesperada que huía de un matrimonio pactado; era la mujer que sostenía la garganta del imperio de Julián con la información sobre Arturo Salazar.
—Esto no es un regalo, Elena —dijo Julián, su voz resonando con una frialdad que ocultaba una tensión peligrosa. Sus ojos, oscuros y analítico
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