Grietas en el mármol
El ascensor privado ascendía con un zumbido imperceptible, una cápsula de acero pulido que aislaba a Elena del ruido de la gala. A su lado, Julián de la Vega era una estatua de control, su perfil recortado contra el cristal como una advertencia. El vestido de seda que ella vestía, un préstamo de su vestuario de "prometida", se sentía como una soga invisible. Bajo la tela, el sobre que había rescatado del escritorio de Julián pesaba más que cualquier joya.
—No mires así el panel —dijo Julián, con esa voz baja y cortante que no admitía réplicas—. Pareces a punto de romper algo.
Elena giró la cabeza. La proximidad era sofocante, cargada de un aroma a sándalo
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