El contrato de seda y acero
La suite presidencial del Hotel Grand Plaza no era un refugio; era una jaula de cristal con vistas a la ruina. Elena observó el contrato sobre la mesa de caoba: treinta y dos páginas que dictaban el precio de su libertad. El desfalco de su padre no era un error contable, sino una sentencia de prisión que Julián de la Vega sostenía en la palma de su mano.
—No firmaré sin una garantía explícita —dijo Elena, su voz cortante como el aire acondicionado de la estancia—. Si el nombre de mi familia se vincula a este es
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