El precio de la humillación
El roce del anillo contra el mármol del Hotel Imperial sonó como un disparo en el silencio absoluto del salón. Elena lo había dejado caer con una precisión quirúrgica, un gesto deliberado que convirtió la gala de compromiso en un anfiteatro de ejecución pública. Doscientas cuarenta y tres personas —contó mentalmente, mientras el aire se volvía irrespirable— permanecieron inmóviles, con las copas a medio camino hacia los labios.
Diego Salazar, su prometido, mantuvo la mano extendida, esperando que ella reculara. No lo hizo.
—Esto termina aquí —dijo Elena. Su voz, ensayada frente al espejo durante tres noches de insomnio, no tembló—. No voy a firmar mi vida para pagar las deudas de mi
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