Alianzas peligrosas
El despacho de Damián Valdés no era un lugar de trabajo; era una caja fuerte de caoba y cuero donde el aire se sentía escaso. Elena mantenía la espalda tan recta que los músculos le protestaban, sintiendo el peso del zafiro familiar contra su garganta. No era una joya, era un grillete. Cada vez que Isabel Valdés la miraba, Elena sabía que la matriarca estaba buscando la grieta en su impostura, una fisura en su actuación que le permitiera descartarla como a una pieza defectuosa.
Damián, sentado tras su escritorio, no levantó la vista de los informes financieros. La luz de la lámpara de mesa esculpía sus facciones en sombras afiladas, ocultando cualquier rastro de humanid
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